Ginesta

Estamos en una especie de feria. Una feria con risas, gritos de emoción y el sonido de cientos de voces en segundo plano. Se oyen unos ruidos de construcción. Parece una extraña feria a medio montar.

El repiqueteo de las obras empieza a taladrar mis oídos. Constante, con los decibelios justos para darme dolor de cabeza pero no los suficientes para poder seguir escuchando al resto de amigos.

Sonreímos y andamos un poco, alejándonos de los decibelios. Llegamos en unos pocos pasos al portal de mi casa y decidimos, entre todos, subir a cenar.

Abro la puerta de forma casual, la austera recepción precede al comedor, donde se sientan mis amigos. Les empiezo a preparar la cena. Como todavía es pronto, puedo preparárles alguna cosa laboriosa, que de vez en cuando me gusta disfrutar un rato en la cocina. Extrañamente la mesa está puesta cuando les comento que tardaré un rato.

Vuelvo a la cocina frotándome las manos y dándole vueltas a lo que voy a preparar, pero parece que antes de salir ya lo había decidido. La sartén está en el fuego con un poco de crema de leche y unos trozos de lomo.

Qué extraño, acabo de recordarlo. Aunque viniendo de mí, que tengo una memoria desastrosa, no es demasiado raro… He quedado para cenar con mi padre, que hace días que no le veo.

Me pongo el abrigo les digo que ahora vengo y  salgo corriendo hacia el restaurante.

Las calles pasan rápidas, difuminadas. Las farolas y la luz de la luna es la única iluminación que me persigue hasta que llego al restaurante.

Decoración rococó, pero tiene buen aspecto. Alfombras, lámparas pomposas y un ambiente cargado acompañan una velada breve. La verdad es que no hablamos mucho, le beso como siempre, sonreímos y cuando me siento ya estamos pidiendo los cafés. Qué rápido pasa el tiempo y qué lento me gustaría que pasara. La verdad es que estoy muy agusto, incluso sin palabras.

Además hoy tengo que ir a dormir a su casa, no sé por qué motivo, pero sé que quiero pasar más horas con él. Le abrazo y vuelvo a la realidad, tengo un grupo hambriento esperándome en casa.

Salgo del restaurante y voy introduciéndome en la realidad de nuevo, la sartén debe seguir cociendo el lomo que a estas horas debe estar carbonizado.

Pero llego rápido a mi casa, no habían peatones que esquivar en mi camino y solo abrir la puerta me doy cuenta de que no hay nadie, no huele a lomo, crema de leche o humo. Huele como huele mi hogar.

Cierro la puerta y me dirijo donde vive mi padre. Ya tengo ganas de llegar. Las calles siguen iluminadas del mismo modo y no hay vehículos en la ciudad. Debe de ser ya madrugada porque tampoco me cruzo con nadie.

Llego al portal, un portal desconocido, pero que me es familiar, con árboles y naturaleza rodeándolo. Parece un piso, pero en una zona tranquila, e identifico inmediatamente que ahí vive mi padre. Tiene que vivir aquí, le debe encantar este lugar.

No hay ningún sonido desagradable de ciudad alrededor, sólo tranquilidad y algo de oscuridad, tengo que admitir que más de la que me suele gustar, aunque no llega a ser desagradable.

Busco en el bolsillo derecho de mi chaqueta las llaves, un manojo que contiene desde las llaves de mi casa, la de mi madre, las del trabajo y las del antiguo domicilio de mi padre. Pero no tengo las del nuevo.

Realmente no me pongo nervioso, pero sí que sé que detrás de esa puerta está él esperándome. Me invade una sensación de felicidad, mientras observo la puerta de arriba a abajo. Entonces recuerdo y sonrío.

«Ya nos veremos», susurro, aunque no oigo sonido alguno. Y me vuelvo sobre mis pasos, ahora lentamente y poco a poco me adentro de nuevo en la urbe.

Ya me darás las llaves más adelante, todavía no es el momento.

Llego a mi portal, abro la puerta de mi piso y voy hacia la cocina. Me pongo el delantal y acabo de cocinar el lomo con pasas y piñones que tan bien se le daba a él preparar.

Qué sensación más rica. Adoro cada recuerdo.

Y entonces viene uno de mis amigos a la cocina y me sonríe,

«¿Ya está la cena? ¿Cuándo has tenido tiempo de cocinar todo esto?»

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4 respuestas a Ginesta

  1. Tary dijo:

    Hola cosa bonita. Me he registrado solo para ver si por aquí hay modo de contactar contigo, o es como el resto de sitios, que es prácticamente imposible. Ni una respuesta tuya. Quiero saber cómo estás, qué es de ti…
    Te echo de menos Ae.
    Por otro lado, tu texto… como de costumbre precioso, me dejas anonadada con cada sentimiento que plasmas. Se puede leer la vida en un párrafo.
    Me encantas, un besazo.
    Por favor, contéstame aunque solo sea un eructo 🙂 pero que me haga saber que estás vivo

  2. zettai dijo:

    Gracias mi niña, cuídate mucho y nos vemos prontico.

  3. Elisenda dijo:

    Espero que aviat trobis les claus…
    i encara que, no com abans, puguis tornar a escoltar les paraules i consells que tanta falta et fan i tant trobes a faltar.
    No tinc manera de saber el que sents perquè la meva pell no ha passat pel que està passant la teva, però sí que puc estar aquí, amb tu, per sempre…
    Un petó germanet petit

  4. Celi dijo:

    Ja no fan falta claus. Sempra que vulguis el tens amb tu, escoltante i posante el fre. Tens o mes ben dit , tenim que apendre a fer-ho.

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