Retalls d’ansietat

Passo a net els retalls d’aquests dies que no m’he trobat bé. No te cap gràcia literària ni cap historia oculta. Son teràpia per mi.

***

Estic molt millor, però qualsevol cosa que em produeix un sentiment o que em posa una mica nerviós fa que s’activi de nou.

Exemples:

  • Anar amb cotxe com a copilot i veure la guàrdia civil, tot pensant en que ens parin i haguem fet alguna cosa malament.
  • Qualsevol canvi sobre el que tingui jo al cap. Per exemple, si m’han dit que aniríem a cert lloc i al final canvien d’opinió i anem a cert altre. O si hem de fer una cosa i n’acabem fent un altre.
  • En un ambient tancat en el que algú està fumant hash o marihuana, en uns 20 minuts el cor se’m comença a posar a 100. I això em sol durar més d’una hora encara que em prengui la pastilla. La “ressaca” d’ansietat d’aquest tipus em dura al menys una setmana. Però és pitjor com em deixa després… Molt més insegur del que estava abans. Ara ja ho tinc clar, ho hauré d’evitar.

***
Em sol agafar durant els àpats, abans o després però sempre a l’esmorzar, dinar o sopar (al menys és el més habitual.

***

Tinc la seguretat que estic millor i que no he anat marxa enrere. Però llavors m’agafa, moment en el que em venen els dubtes un altre cop. La majoria de vegades ho puc superar sense problemes, però últimament ni les tècniques que tinc per defensar-me ni les pastilles m’estan funcionant.
***

  • Tècniques que intento per solucionar-ho:
  • Tècniques de respiració
  • Córrer
  • Olorar essències antiestrés
  • Imaginar un lloc tranquil al camp.
  • Plorar.
  • Tocar la guitarra mentre canto i em desfogo.
  • I en última instància, prendrem mitja pastilla.

***

A Galicia, que l’any passat em va anar tan bé per desconnectar, aquest any, cinc dels vuit dies que hem estat m’he hagut de prendre mitja pastilla, dos dies me’n vaig prendre una sencera i ni així em va funcionar cap dels mètodes anteriors.

***

A mi m’agafa que el cor se’m posa a cent i em mig marejo i algunes vegades m’agafen com punxades musculars a la part del braç esquerra o de l’espatlla. A més la digestió se’m fa molt molt lenta.

***

  • Dissabte 28 d’agost: Aquí va començar la grossa. Vaig prendre’m 1 mitja pastilla.
  • Diumenge 29 d’agost: 1 mitja pastilla.
  • Dilluns 30 d’agost: 2 mitges pastilla.
  • Dimarts 31 d’agost: Esbarjo.
  • Dimecres 1 de setembre: 1 mitja pastilla.

***

Galicia: 5 dies de 8 xungo.

Encara que ja ho hagi dit, un parell de dies em vaig prendre dues meitats de pastilla i no em van fer efecte.

***

Començo a tenir por a nivell mèdic, jo crec que a causa de l’efecte d’acceleració del cor que em va passar dissabte passat amb l’ambient de canut.

***

No m’aproparé a cap canut en mooooolt de temps.

***

Tres hores plorant. Estic millor, tinc més defenses però sembla com si ella alhora hagués trobat la forma de créixer conforme jo anava creixent:

***

Tot just havia planejat els següents mesos: carnet de conduir, acadèmia d’anglès, gimnàs i universitat. Però també he d’admetre que buscant per internet informació sobre l’ansietat vaig trobar que deien que el cànnabis augmentava les pulsacions del cor. Greu error per part meva ja que per això crec que dissabte passat em va pillar la grossa.

***

Fumar(tabac) em senta fatal. Em fa por fumar per si les mosques no m’agafa alguna cosa estranya al cor. És com si tornés a pensar que alguna cosa no va bé dintre meu, no de cap, sino de cos.

***

I ara, mentre estic passant a ordinador tots aquests gargots que he escrit a la llibreta em dono compte de com el procés d’ansietat es desenvolupa. No he tingut cap tipus de pretensió escrivint aquestes línies aquí. Només ho he volgut fer com a teràpia personal. I realment sembla que al menys una miqueta, m’ha funcionat.

Esperem que pugui tornar a escriure aviat i no siguin retalls d’ansietat el que us expliqui, sino de somriures.

Carles.

Hacia la luz (III)

Hacia la luz (III)

Hacia la luz (III)

.

.

Hacia la luz

(Parte 3)

Para leer la primera parte, clickad aquí

Para leer la segunda parte, clickad aquí

.

Laura

Las lágrimas resbalaban por mi mejilla. Esto no era lo que había planeado. No debería haberme sentido así.

Era como si la vida se me estuviera escapando mientras veía como Martín, completamente fuera de sí, acariciaba a otra mujer. Lo peor de todo es que sabía que lo estaba disfrutando, me lo decían su mirada y sus gemidos. Tenía la sensación de que estaba echando a perder todo lo que habíamos construido juntos. En ningún momento pensé que había sido yo el detonante de todo.

Y ellos también tenían la culpa. Nada de esto estaba escrito en el contrato.

Martín

Y en ningún lugar especial, con nadie especial, desperté. Cuando abrí los ojos no recordaba dónde había estado. De hecho, no sabía dónde me encontraba. Estaba completamente desubicado. Sentía mis neuronas atontadas.

Lo primero que noté fue que no estaba solo. Había alguien más en la cama. Me fijé en el papel de pared que recubría la estancia, parecía sacado de una película de los años 60.

No había visto en mi vida la mujer que tenía al lado. Supongo que es la típica excusa de más de algún proxeneta, pero en mi caso era real. Me levanté y me di cuenta que no estaba en una habitación de hotel. Seguramente sería el apartamento de la desconocida.

Mi cabeza ardía, me dirigí a la cocina y me serví un poco de café. Cuando acabé con la segunda taza y empecé a sentirme algo mejor, aproveché para dirigirme a la ducha. En el dormitorio todavía no se oía ni un solo ruido.

Cuando estuve vestido me acerqué a la cama y vi que mi acompañante seguía dormida.

Hacía unos quince días que había llegado a Caracas, Venezuela. Era el último de los viajes previstos ya que el tiempo establecido llegaba a su fin.

Salí del piso e intenté ubicarme. No recordaba nada de lo ocurrido en estos últimos días. Miré los edificios a mi alrededor, una mezcla de casas modernas y antiguas. En la calle en la que me encontraba habían muchos restaurantes, y si los datos de mi guía no fallaban, no podía ser otro que el barrio de La Candelaria.

Me dirigí al restaurante más cercano y pedí una cerveza y unas arepas para picar alguna cosa.

Realmente había perdido la noción del tiempo. Había estado viajando todos estos meses y el final estaba cerca. Parecía como si hubieran venido a buscarme y yo me hubiera escapado. Pero sólo hay una persecución que no puedes ganar, la carrera contra la muerte.

Tomé un sorbo de mi cerveza y sentí que mi cabeza empezaba a dar vueltas. Me desmayé.

***

Desperté en un hospital. A mi lado estaba mi doctor con una sonrisa. Sabía todo lo que eso significaba, había vuelto a casa y mi vida pendía de un hilo. El doctor tocó algo del cuentagotas lleno de morfina y volví a quedarme dormido.

Cuando abrí los ojos estaba estirado en una camilla, con varios médicos alrededor. Me llevaban rápidamente al lugar donde en principio entraría y no volvería a salir. Sólo podía ver las luces del techo correr una tras una, como si fuera una cuenta atrás.

Se abrieron las puertas del quirófano y cerré los ojos. Al principio vi oscuridad, pero creí vislumbrar una luz, más radiante que cualquier otra que hubiese visto. Parecía que quería que me acercara. Me llamaba una y otra vez. Conocía mi nombre.

Me dejé llevar, me dirigí hacia la luz y abrí los ojos. Pero en vez de la paz que esperaba encontrar, una multitud gritó mi nombre.

A mi alrededor habían varias camillas ocupadas con diferentes personas igual de desconcertadas que yo.

Una voz profunda dijo: “El ganador de Sonríe es…” Entonces ésa luz me iluminó y, por segunda vez en menos de un año, sentí como algo se rompía. Todo lo que había realizado en esos últimos meses de agonía pasó delante de mis ojos, literalmente. Una pantalla de setenta pulgadas estaba mostrando al público como había destrozado mi vida desde que mi mujer me dejó.

Pero seguía desconcertado. Empecé a digerir todo lo que eso significaba.

A mi alrededor varias personas se levantaron de sus camillas y se fueron. Algunos seguían intentando entender qué ocurría mientras que otros simplemente lloraban desconsolados.

Aún a día de hoy sigo asimilando todo lo que ocurrió.

Laura me mintió. El médico estaba contratado. Después me enteré de que se habían realizado quejas y denuncias, pero el programa de televisión siguió adelante. Los medidores de audiencia jamás habían experimentado un nivel tan elevado y constante de espectadores. Me drogaron, prostituyeron mi vida e hicieron que todo el mundo lo viera. Me utilizaron como espectáculo. Laura creyó que sería una buena forma de pagar la hipoteca pero no he vuelto a saber de ella desde entonces. Pero mirando a los ojos de la gente que estaba en el plató, entendí que el médico no estaba tan equivocado.

Tras esos seis meses algo había muerto en nosotros. Nuestra humanidad estaba agonizando.

Fin

Espero que os haya gustado el cuento y que lo hayáis disfrutado.

Saludos,

Carles Rubio Arias.

Hacia la luz (II)

Hacia la luz (II)

Hacia la luz (II)

.

.

Hacia la luz

(Parte 2)

Para leer la primera parte, clickad aquí

.

Martín

La verja se abrió silenciosamente y dio paso a un pequeño jardín con un solo árbol. La casa se alzaba delante mío oscura y fría. Tuve la sensación que una vez entrara no podría volver atrás. Nadie me volvería a esperar despierto. Avancé un poco y me di cuenta que desde el exterior no se podía apreciar la casa. Pasé un buen rato observándola, estaba rodeada por unos setos que la cubrían por completo. Cerré la verja y di otro paso más. El exterior era envidiable y sinceramente, estaba intrigado con lo que podía aguardarme en el interior. Hurgué en mis bolsillos y saqué la llave de mi nuevo hogar.

Lo primero que hice al entrar fue empezar a registrar la casa. El recibidor era amplio, tenía un salón muy espacioso y una cocina con todos los electrodomésticos instalados. Unas escaleras ascendían hacia una habitación y un baño. Era mucho más grande que cualquier piso en el que había vivido.

Fui a visitar la nevera para comprobar que todo funcionara y me llevé la primera sorpresa: La nevera estaba encendida y llena de refrescos. El congelador tenía comida precocinada. Al menos tendría un par de días para organizarme. A mí y a mis ideas.

Me senté en la mesa de la cocina y empecé a pensar qué querría hacer con mi vida. Saqué el portátil de la funda, cogí una cerveza y encendí el ordenador.

En los sobres que me dio el doctor, había varias direcciones de páginas web a través de las que se realizaban las gestiones del programa “sonríe”. Una de ellas era la opción “viajes”.

Accedí con mi nombre de usuario y contraseña y apunté varias opciones.  Mañana decidiría el destino. Llamé al médico para contarle mi intención de viajar por si había algún impedimento y para que me proporcionara suficiente medicación. Me dijo que no existía ningún inconveniente y que podía marcharme mañana mismo si encontraba pasaje.

Acto seguido llamé a Laura, pero tras cuatro intentos más, entendí que no quería hablar conmigo. No quería solucionar las cosas. Se había acabado. Estaba hecho un manojo de nervios y por un momento estuve a punto de ponerme la chaqueta, ir a casa de su hermana y confesarle que mi vida estaba llegando a su fin.

Pero me controlé y al día siguiente dejé el empleo en el que estaba y me pasé toda la mañana organizando un viaje por Sudamérica.

Quería quemar el poco tiempo que me quedaba.

Laura

Y ahí estaba yo, deshaciendo la maleta en casa de mi hermana, con una sonrisa en los labios. Pensé en cómo se lo habría tomado Martín. Aunque después de todo, seguro que estaría de acuerdo en que era lo mejor. Los dos lo necesitábamos. Tendríamos que sacrificarnos, pero cuando se diera cuenta, lo entendería.

El teléfono sonó, pero mi cabeza me dijo que seguramente se me escaparía algo fuera de lugar, así que pensé que lo mejor era dejarlo silenciado.

Entonces recordé cuando se lo confesé por primera vez a mi hermana. Ella no estuvo de acuerdo, dijo que ese tipo de cosas no debían hacerse. Repitió una y otra vez que el engaño en una pareja es el causante de la mayoría de divorcios. Pero era maleable, y llegado un punto, acabó pensando que era ella la que me había dado la idea.

Ahora sólo quedaba esperar. Encendí el televisor y esperé.

Martín

Me puse en la cola del aparato. Quería sentir esas vibraciones y turbulencias que siempre había querido evitar. Quería sentir que seguía vivo mientras el avión me llevaba hasta lo que seguramente sería mi último viaje.

Seguía sin notar síntomas demasiado exagerados. Tenía muchos dolores de cabeza y mi estómago hacía días que empezaba a funcionar de forma extraña y caprichosa. Pero nada de eso importaba. Iba a utilizar los últimos cartuchos de mi vida intentando desgarrar toda la realidad que hacía años que llevaba construyendo.

El vuelo era más lento de lo que me esperaba. A mitad de viaje pedí una botellita de vodka para intentar conciliar el sueño. Mis amigos siempre me habían confesado que no había nada mejor que un poco de alcohol cuando el avión está a mucha altura para evitar las pastillas para dormir. Y realmente funcionó.

Cuando aterrizamos, fui directo a la estación de taxis, no había llevado maleta, solo una pequeña mochila con mis ahorros y mi portátil.

Le pedí que me llevara al centro de la ciudad y realicé unas pequeñas compras de ropa y de lo necesario para el día a día. A continuación busqué el hotel que había reservado a través de la web del proyecto. Resultó que el hotel estaba cerca de donde me encontraba, así que no tuve que desplazarme mucho. Cuando subí a la habitación había una botella de champagne esperándome, y como todavía tenía que planificar lo que haría a continuación, pensé que lo mejor era brindar con el espejo y empezar a dibujar el recorrido en el mapa de la zona.

Cuando vacié la botella ya eran las ocho de la tarde. Salí del hotel a refrescarme con la brisa con rumbo a ningún lugar. El alcohol había tenido el efecto deseado. Me sentía más perdido que nunca.

De repente me di cuenta que a mi alrededor todo eran árboles. Había entrado en una especie de parque, y todo a mi alrededor era verde. Aunque había varios grupos de jóvenes gritando en un banco cercano no lograban romper la magia del momento.

Volví sobre mis pasos y me eché en la cama del hotel. Pero el sueño no venía. Quizá tendría que haber cenado alguna cosa antes de rendirme a Morfeo, pero ahora ya era tarde. Llamé a recepción pero la cocina estaba cerrada. Podían ofrecerme unas galletitas o una bolsa de patatas. Decliné la invitación y fui a buscar algún bar de mala muerte que tuviera algo potable para picar.

Y así fue como encontré el Bar. El único lugar de la zona que parecía abierto. Entré y una nube de humo me absorbió. Me senté en la barra y pedí algo para beber. El estómago ya no protestaba, y no iba a ser yo quien lo despertara.

La gente sonreía y parecía venir de otro plano, donde los impuestos, la política y la sanidad eran sólo problemas secundarios.

Tras varias copas, la gente empezó a fijarse en mí y a conversar conmigo. También acabé dándole unas caladas a algo que jamás había probado.

Y en ese preciso momento fue cuando mi engranaje se rompió. Noté como algo ocurría en mi cabeza, como si un nudo se hubiera desatado. Ahí empezó mi liberación.

En ningún lugar especial, con nadie especial. Fue en aquel lugar, que precisamente no tenía ningún nombre en especial, donde todo acabó y empezó.

.

.

Fin de la segunda parte.

.

En unos días, la tercera y última parte.

Para leer la tercera parte, clickad aquí

Carles Rubio Arias.

Hacia la luz (I)

Hacia la luz

Hacia la luz

.

.

Hacia la luz

(Parte 1)

.

.

El impacto fue parecido al de un piano cayendo desde un Boeing 747 en mitad de la Cibeles. Pero a mi alrededor habían 4 paredes y un techo. Y físicamente estaba de una pieza, al menos mi cascarón. El médico me aseguró que no sufriría, pero un leve tic en su sonrisa me dio a entender que estaba mintiendo. “Martín, aunque no podamos curarte, haremos que tu vida durante estos últimos seis meses sea llevadera, y sobretodo real. La medicación no te afectará en tu ritmo diario y podrás hacer vida normal”. Pero nada de lo que ocurre en el momento en el que te dan una noticia así, sigue siendo normal. Nada vuelve a serlo.

Me llamo Martín Figueroa, tengo 34 años, estoy casado y no tengo hijos. Trabajo como auditor y me quedan seis meses de vida.

Esta es mi historia y quiero compartirla antes de morir.

***

Cuando salí de la consulta, lo primero en lo que pensé fue en arreglar todo el papeleo para que mi pareja, Laura, lo tuviese todo solucionado. Pensé también en pagar ese par de multas de aparcamiento que tenía pendientes desde hacía algún tiempo. Cancelé todas las cuentas menos la que tenía con mi mujer y abrí otra nueva, donde ingresé todo mi dinero. Cuando acabé todas las gestiones y organicé los papeles de las aseguradoras, me di cuenta que mi estómago me reclamaba gasolina. Eran casi las tres de la tarde.

Llegué a casa y Laura todavía estaba en el trabajo. Me serví unas acelgas y me senté. Estuve mirándome el plato unos segundos, que seguramente fueran minutos, y cuando engullí la primera patata hervida, rompí a llorar. Llorar de forma desconsolada.

Y poco después de que mi llanto disminuyera, el teléfono sonó. Era el doctor. Me comentó algo sobre un programa especial llamado “sonríe”, dijo que no me alargaría la vida pero que haría que la enfermedad fuera más llevadera. También me preguntó si ya lo había comunicado a mis familiares y le respondí que no, y que por el momento no quería que supiesen nada.

Serían las cinco de la tarde cuando me dirigí de nuevo a la clínica presto a aceptar cualquier medida alternativa que me permitiera paliar un poco mi futuro sufrimiento. Cuando llegué, el doctor tenía una sonrisa de oreja a oreja y se había quitado la bata. Supuse que quería tranquilizarme, sacarme la presión de la relación doctor-enfermo.

No lo consiguió.

Entonces empezó a detallarme ése programa especial. Se me facilitarían unas comodidades especiales, una casa en las afueras de la ciudad, un sueldo elevado sin necesidad de trabajar y además podría realizar dos viajes cada mes con todos los gastos pagados.

No me convenció. ¿Por qué cambiar mi vida? Mi cara debió reflejar mi poco entusiasmo porque el doctor añadió que además, las mejores medicinas estarían a mi alcance.

Siempre había tenido una relación muy estrecha con el dolor, y había conseguido superarlo sin que nadie a mi alrededor se diera cuenta. Lo que más miedo me daba era el posible sufrimiento que acabaría por contagiar a mi círculo de amigos y familia. Así que tomé una decisión; acepté. Si de esa forma podría costearme una medicación que me hiciera sufrir menos, lo haría. Además podría alegar ante mi familia y amigos que tenía trabajo acumulado y mientras tanto buscar ayuda sanitaria y nadie tenía porque enterarse. Me juré que aprovecharía esos viajes.

Llegué a casa y mi mujer me esperaba sentada en el sofá, mirando la televisión. Le di un beso e intenté actuar de forma habitual. Cené un poco y nos acostamos.

Al día siguiente organicé una cena con unos amigos. Tenía ganas de que me vieran sano y fuerte, como siempre había sido. Seguramente en unos meses la enfermedad me habría consumido lo suficiente como para no poder disimular.

Y así fueron pasando los días. Recibí el primer ingreso del plan “sonríe” (yo le hubiera añadido al nombre “mientras puedas”). Siempre pensé que deberían haber ahorcado al que bautizó este proyecto para moribundos con ese título. El dinero lo ingresé en la cuenta que creé al margen de mi mujer. Ella era la única que figuraba en el testamento como heredera de la cuenta.

Al cabo de dos días de cobrar mi médico llamó para ver cómo me iba, y le conté que todavía no sentía dolor, que todo iba bien. Preguntó también que si me había gustado la casa y que en qué había estado gastando el dinero. Me sinceré y le dije que había continuado con mi vida de forma rutinaria. Pareció extrañado y colgó poco después, cuando el silencio se hizo demasiado tenso. Por mi parte, continué leyendo el periódico.

Esa noche ocurrió algo completamente inesperado. Laura no regresó a casa después de trabajar. Tras llamarla varias veces y no recibir respuesta empecé a sudar. La había notado más distante últimamente, aunque pensaba que eran imaginaciones mías. Antes de llamar a la policía registré la casa. Efectivamente el armario y sus cajones estaban vacíos.

Se había ido.

Encontré la nota en la nevera. En ella describía varios motivos por los que no podía continuar conmigo. Ninguno tenía el suficiente peso como para que yo fuera capaz de entender el porqué. Llamé a su hermana pero no me respondió. Así que reaccioné de la única forma que se me ocurrió: largándome.

Cogí mi ordenador portátil y cuatro papeles y me dirigí a la casa que el programa médico me había proporcionado.

***

Y ahí estaba ella, deshaciendo la maleta en casa de su hermana, con una sonrisa en los labios.

.

.

Fin de la primera parte.

Para leer la segunda parte, clickad aquí

Carles Rubio Arias.

Triángulo

[Castellano]

Hoy empezaré un cuento corto pero no lo acabaré. Estoy todavía escribiéndolo pero es el día ideal para empezar a publicarlo. El original está en catalán, pero lo he traducido lo mejor que he podido para que todos podáis entenderlo.

Para ti, maestro, compañero, padre y amigo.

Triángulo

I

Despierto sentado en el andén. No conozco a nadie por más que busco caras conocidas. La estación parece antigua, con las pequeñas tuberías asfixiando la poca naturaleza de alrededor. No tenemos techo sobre nuestras cabezas. Algunas personas parecen estar más confundidas incluso que yo, pero otras desprenden calma con la mirada.

Nadie se impacienta por el retraso del tren. De hecho, no vemos ningún cartel con los horarios establecidos.

Me levanto y me intento situar. Recuerdo que tengo un buen sentido de la orientación, así que quizás pueda entender dónde estoy. Pero la pequeña estación está completamente desolada, rodeada por paisaje muerto.

Deben de ser cerca de las nueve de la mañana ya que el astro rey todavía no se ha coronado.

Entonces veo como algunos se han ido adaptando a las circunstancias y se han atrevido a hablar, otros han decidido esperar con paciencia algún acontecimiento y un par que se han alejado hacia el desértico horizonte, lejos de la estación.

Considero que la mejor opción es socializar un poco y conocer a mis compañeros de viaje. Me dirijo con paso firme hacia el grupo que parece más animado.

II

Dicen que en sólo un año las heridas se cierran. La Gran Caída cumple hoy su primer aniversario. Pero no ha cambiado nada. No me he despertado de forma distinta a ningún otro día. El café tiene el mismo sabor que ayer y las lágrimas resbalan por mi cara de la misma manera que lo han hecho estos últimos meses.

Quizá ella sí que ha cambiado. Quizá hoy es distinta; me la miro, una y otra vez. La observo con ojos de padre, pero no quiero ser condescendiente con ella. Se ha portado mucho mejor de lo que me esperaba. Entenderla es muy sencillo, de hecho está hecha de materiales muy asequibles y tiene unas formas simples que lo único que buscan es atraer al consumidor de bolsillo pequeño. Pero me ha estado aguantando durante todo este tiempo, y sólo por eso, merece mi respeto.

Es una buena silla. A él le habría encantado, estoy seguro. Quizá al fin y al cabo sí que es un día distinto.

Hoy, y sólo quizás, he avanzado un paso hacia adelante en mi vida. O quizá sólo sea la silla.

III

La nada me envuelve. Estoy acostumbrado, de hecho, no recuerdo ninguna otra cosa que no sea conducir este maldito tren. Busco el placer en mirar a través de la ventana. El desierto me envuelve.

Una vez intenté contar los granos de arena que luchaban por entrar en la cabina y conseguían engancharse en el cristal, pero la velocidad siempre me impedía obtener una cifra exacta. Es curioso como en las situaciones más absurdas nos aferramos a las cosas más concretas.

Los mapas nunca me han servido de mucho. Sólo me indican unos puntos clave de toda la región Sin Nombre. Puedo distinguir las pequeñas estaciones donde recojo a la gente y la parada de inicio y final, pero por más que intente discernir el nombre del desierto o alguna pequeña región, no lo consigo. Además, los Guardianes me han prohibido hacer preguntas al respecto.

Los nombres no son importantes, y nosotros, tampoco.

El panel de control me indica que estamos llegando a la tercera parada. Comienzo el proceso de desaceleración y observo a la gente desde la lejanía.

Cada vez hay más.

Continuará.

Carles.

Triangle

[Català]

Avui començaré un conte curt però no l’acabaré. Estic encara escribint-lo però és el dia ideal per començar a publicar-lo. Per a tu, mestre, company, pare i amic.

Triangle

I

Desperto assegut a l’andana. No conec a ningú per més que busco cares conegudes. L’estació sembla antiga, amb les petites canonades ofegant la poca natura del voltant. No tenim sostre sobre els nostres caps. Algunes persones semblen estar més confoses inclús que jo, però d’altres desprenen calma amb la mirada.

Ningú no s’impacienta pel retard del tren. De fet no veiem cap cartell amb els horaris establerts.

M’aixeco i m’intento situar. Recordo que tinc un bon sentit de l’orientació, així que potser puc entendre on sóc. Però la petita estació està completament desolada, envoltada per paisatge mort.

Deuen ser prop de les nou del matí ja que l’astre rei encara no s’ha coronat al bell mig del cel.

Llavors veig com alguns s’han anat adaptant a les circumstàncies i s’han atrevit a xerrar, d’altres han decidit esperar amb paciència algun esdeveniment i un parell que s’han allunyat cap al desèrtic horitzó, lluny de l’estació.

Considero que la millor opció és socialitzar una mica i conèixer els meus companys de viatge. Em dirigeixo amb pas ferm cap el grup que sembla més animat.

II

Diuen que només en un any les ferides tanquen. La Gran Caiguda compleix avui el seu primer aniversari. Però res no passa. No m’he despertat de forma diferent a cap altres dia. El cafè tenia el mateix sabor que ahir, i les llàgrimes rellisquen per la meva cara de la mateixa forma que ho han fet aquests últims mesos.

Potser ella sí que ha canviat. Potser avui és diferent; me la miro, un cop i un altre. L’observo amb ulls de pare, però no vull ser condescendent amb ella. S’ha portat molt millor del que m’esperava. Entendre-la és força senzill, de fet està feta de materials molt assequibles i té unes formes simples que l’únic que busquen és atraure al consumidor de butxaca petita. Però m’ha estat aguantant durant tot aquest temps, i només per això, ja em mereix respecte.

És una bona cadira. A ell li hauria agradat, n’estic segur. Potser sí que avui és un dia diferent a la resta.

Avui, i només potser, he avançat un pas endavant la meva vida. O potser només sigui la cadira.

III

El no-res m’envolta. N’estic acostumat, de fet, no recordo cap altre cosa que no sigui conduir aquest maleït tren. Busco el plaer en mirar a través de la finestra. El desert m’envolta.

Un cop vaig intentar comptar els grans de sorra que lluitaven per entrar a la cabina i aconseguien enganxar-se al vidre, però la velocitat sempre m’impedia obtenir una xifra exacte. És curiós com en les situacions més absurdes ens aferrem a coses més concretes.

Els mapes mai m’han servit de gaire cosa. Només m’indiquen uns punts clau de tota la regió Sense Nom. Puc distingir les petites estacions on recullo a la gent i la parada d’inici i final, però per més que intenti discernir el nom del desert o d’alguna petita regió, no arribo enlloc. De fet els Guardians m’han prohibit fer preguntes al respecte.

Els noms no son importants, i nosaltres, tampoc.

Els comandaments del taulell de control m’indiquen que ja estic arribant a la tercera parada. Començo a desaccelerar i observo la gent des de la llunyania.

Cada cop n’hi han més.

Continuarà.

Carles.

Un futuro incierto

[Castellano]

Algo distinto a lo que estamos acostumbrados, dedicado al trabajo de Mireia y Laura con su “Visto, Luego Existo”:

Un futuro incierto

Un mundo gris sin identidad. Las angostas calles, los edificios, la calzada, las grandes superficies comerciales, todas en blanco y negro, desfiguradas. Como granos de arroz en el plato. Idénticos en todas y cada una de nuestras características.

Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que la vida reinaba y cada uno era un grano distinto, un color, un aroma, una idea. Pero ya nadie recuerda. Sólo somos unos pocos los que pensamos en colorear este mundo en blanco y negro. Esta idea de repugnante equivalencia en todos los sentidos.

Camino por las calles y veo como la gente ha perdido el rostro, ni siquiera tienen facciones propias, todas ellas controladas, perfectas, muertas en vida y en un perfecto rictus.

Pero entonces las luces me indican el camino. Me guían hasta ese pequeño rincón que me hace olvidar. Y cuando entro veo color. Rostros nuevos, facciones que no sé cómo denominar. No están catalogadas ni predefinidas por ningún canon. Son reales.

Lo están consiguiendo desde una de esas pequeñas tiendas en las que todavía se respiran aromas olvidados. Desde donde todavía se puede respirar algo que los antiguos llamaron creación.

Y al fijarme un poco más veo lo que creo entender como una sonrisa. La gente que está comprando las piezas de ropa de esa tienda empieza a creer. Creer que el cambio es posible. Creer en sí mismos. La gente vuelve a existir. Y así empiezo a querer ponerme una de las creaciones de esta tienda. Yo también quiero tener rostro. También quiero aprender.

Y así es como escondida en una de las calles de la gris ciudad, una pequeña idea, un trabajo de dos personas con identidad, nos está dando a todos los sin rostro, nuevas ideas con las que sonreír.

Saludos.

El tic

[Castellano]

Otro cuento corto… Espero que lo disfrutéis.

El tic.

Siempre recordaré aquella jornada como una de las más emocionantes de mi vida. El clima no podía ser mejor, un sol de justicia acompañado por un aire fresco que hacía muy soportable la temperatura. Ese día venía un físico a dar una charla en la universidad, y no podía perdérmelo por nada del mundo. Su nombre resonaba en mi mente, se llamaba Dr. Roschet.

Dicen que todos los grandes físicos tienen alguna extraña particularidad, de algunos se dice que son excéntricos y de otros simplemente son geeks que no salen de casa y cuentan chistes sobre electrones y átomos.

El Dr. Roschet tenía un tic. Pero no un tic de los habituales, sino un tic que iba más allá de un simple espasmo nervioso. Se decía que en cualquier momento los ojos del doctor empezaban a brillar, se tornaban rojos y emitían un fulgor plateado.

Y como en toda conferencia, la mitad de los alumnos iban a aprender y a disfrutar de lo que el doctor podía enseñarles y la otra mitad simplemente iba a ver qué tenía de raro ese físico.

Pero a mí me motivaba aprender. Esa conferencia me confirmó las sospechas sobre mi futuro, quería seguir sus mismos pasos.

Y así fue como estudié física y posteriormente realicé un doctorado para poder dedicarme a la investigación. Y tuve la gran suerte, tras insistir y realizar varias entrevistas, de poder formar parte del grupo de investigadores del Dr. Roschet.

El doctor había avanzado mucho en sus investigaciones. Dejó aparcado su anterior proyecto aún cuando en Washington habían utilizado parte de su trabajo para desarrollar una nueva arma que estaba dando muy buenos resultados en el control de países con terrorismo, aunque eso evidentemente, generaba mucha controversia. Como consecuencia de esta agresiva arma en Corea ahora había una zona cero.

El Dr. Roschet actualmente basaba sus estudios en un campo completamente distinto, la teoría de la relatividad, olvidando y negando por completo todo lo que había aprendido de la mecánica cuántica. Y de vez en cuando, cuando estaba escribiendo aquellos característicos garabatos, y nadie le prestaba atención, sus ojos se tornaban rojos, como aseguraba la leyenda urbana que circulaba sobre él. Aunque no emitían ningún tipo de aura, simplemente se coloreaban, el doctor se disculpaba y se retiraba a su despacho. Volvía al cabo de unas horas con las fuerzas renovadas y el color de ojos recuperado. Ninguno de nosotros comentó jamás nada al respecto. Al menos delante de él.

Pero como es natural, los rumores circulaban.

Algunos decían que tenía una extraña enfermedad, otros creían que había estado demasiado tiempo expuesto a algún tipo de material nocivo, pero yo me conformaba con pensar que simplemente trabajaba demasiado.

Y aunque pasé varios años trabajando con él no averigüé la verdad hasta poco antes de irme del laboratorio.

Una noche tuvimos una acalorada discusión sobre la ética y moral del posible resultado de nuestro proyecto. El grupo se dividió en dos opiniones completamente opuestas, y una de las posturas sólo la defendíamos el Dr. Roschet y yo. Nuestros compañeros se fueron al ver que no tenían forma de convencernos, y cuando nos quedamos solos, el doctor se me acercó y me miró fijamente.

- Nuestro trabajo no debe usarse para dañar al ser humano sino para hacerlo más grande. Es extraño… O ya entiendes eso o eres un chiflado por estar de acuerdo conmigo e ignorar las ventajas que puede traerte ir en contra de la humanidad.

- Estoy totalmente de acuerdo con usted, doctor. Después de todo, le he seguido hasta aquí sólo por realizar mi sueño. Sería estúpido ir en contra de todo lo que me ha enseñado.

- Me alegra que no hayas tenido que cometer un terrible error para darte cuenta. Mañana tus compañeros realizarán una petición a mi superior para que la investigación siga el curso que ellos desean, y por desgracia, será aceptada. No es la primera vez que me incitan a trabajar en contra de la humanidad. Ya me equivoqué una vez, pero mañana tomaré la elección correcta. Has sido un buen alumno y un buen compañero de trabajo.

No supe qué responderle. Uno de los mayores físicos cuánticos de la historia me palmeó el hombro y miró hacia el vacío, recordando.

Entonces los ojos se le tornaron rojos y al bajar la vista dijo algo que siempre se me quedará grabado, los genios también lloramos.

Espero que os haya gustado,

Carles.

Ahora, a la hora.

[Castellano]

Un cuento corto más corto de lo habitual, espero que lo disfrutéis.

Ahora, a la hora.

Esta es la historia de una mujer que amaba a un hombre y un hombre que amaba el tiempo…

Era temprano, todavía no había amanecido. Los cuerpos sudorosos se separaron después de aquel placentero momento. Él miró la hora. Ella sonrió.

- Te quiero – dijo ella.

- Y yo a ti – respondió él.

Ella empezó a acariciarle la espalda mientras él ya se iba hacia la ducha. Tenía 7 minutos para ducharse y 22 para llegar hasta la oficina. Se había dejado un margen de 4 minutos para dedicarle a su mujer.

Cuando salió de la ducha, vestido y listo para despedirse, su mujer, desnuda, le abrazó y le susurró que tenían todavía tiempo para disfrutar un rato más. Él negó con la cabeza. Ella le agarró y le lanzó de nuevo sobre la cama. Le empezó a desabrochar los pantalones mientras él se resistía. Ella sonrió picaronamente, y le empezó a acariciar su torso por encima de la camisa. 3 minutos menos. Se lanzó sobre él y le besó. La apartó y le pidió que parara, aseguró que sólo le quedaban unos minutos de tiempo. Ella hizo caso omiso y se agachó enfrente de él. Tras unos segundos él miró el reloj. Le quedaban 34 segundos. Entonces ella, viendo que él perdía el interés, se subió encima de él dispuesta a concluir lo que había empezado. Y mientras ella gemía él sólo podía oír las agujas del reloj moverse. La agarró por el cuello y la apartó. Ella sonrió pensando que quería jugar. Entonces él presionó su cuerpo sobre el de ella y metódicamente agarró el almohadón y lo presionó junto a su cara. Todo ocurrió en unos minutos. Concretamente en 7 minutos y 13 segundos.

Llegó a trabajar un poco más tarde de lo habitual. Cuando entró en el ascensor se encontró cara a cara con su compañero de trabajo, que bromeando, le dijo:

- ¿Qué ha ocurrido? Es la primera vez en 15 años que llegas tarde ¿Estás enfermo?

- Sí – contestó él.

Entonces miró de reojo su mano derecha, donde en vez de un anillo habían dos. Junto al anillo estaba su preciado reloj. Miró la hora y miró el anillo, y entonces, sólo entonces, lloró.

Nadie supo si sus lágrimas surgieron cuando miró el anillo o si por el contrario fue al ver la hora a la que había llegado a trabajar.

Saludos,

Carles.

Erundina

[Castellano]

Aquí os dejo con otro cuento corto… recién salido del horno:

Erundina.

Las cajas ya llegaban hasta el baño. Había recogido los álbumes de fotos de su boda y de cuando nació su hija. Sólo le quedaban las fotos repartidas por toda la casa. Los electrodomésticos eran tan viejos que en casa de su hija no harían ninguna falta.

Erundina se dirigió a su habitación y abrió los armarios roperos, y a medida que iba empaquetando la ropa de su difunto marido iba palpando los cuellos de las camisas, desempolvando poco a poco sus lejanos recuerdos.

El timbre sonó por toda la casa. Erundina dejó por un momento de empaquetar su vida y se dirigió al recibidor. Esperaba esa llamada.

Un hombre trajeado de edad indeterminada entre los treinta y los cuarenta se encontraba tras la puerta.

- Es la hora señora. – le dijo.

-          Lo sé, lo sé, ¿No podéis darme un día más? Todavía tengo que empaquetar todas las fotos y los libros de recetas. – respondió.

- La ley es la ley, señora. No podemos cambiar las leyes.

- Mira jovencito, una ha vivido lo suficiente como para saber que un día más o un día menos no hará daño a nadie. Así que por tu bien espero que te vayas y que no regreses hasta esta noche. – dijo Erundina.

No estaba para bromas, no había acabado de recoger sus cosas. No gritaba, pero nunca en su vida había tenido la necesidad de gritar. Una de sus miradas había hecho retroceder a más de un personaje con oscura trayectoria.

Cerró la puerta disgustada.

Lo más importante para ella era que todo estuviera empaquetado, ordenado y preparado para cualquier eventualidad. Y no lo tenía todo listo, todavía no.

Llamó al camión de las mudanzas. Envío urgente hacia casa de su hija. Escribió una carta:

“Siento enviarte todo esto sin mucha antelación, pero la casa tiene que quedar vacía para mañana. Han venido antes de lo esperado, pero no te preocupes que ya lo he preparado todo. Espero que recibas todas las cajas, te las mando con una compañía que me ha asegurado que mañana mismo lo tendrás todo ahí. Supongo que me verás como máximo en un par de días. No te preocupes por mí, estoy bien.”

Se dirigió a la cocina y acabó de empaquetar los libros de recetas que tanto esfuerzo le había costado. Horas más tarde, cuando acabó con todas las cajas, se sentó en su butaca y se encendió la televisión.

Y llegada la noche, cenó una sopa reconfortante y se lavó los dientes. Se estiró en la cama, y sólo cuando supo que todo estaba listo, sonó el timbre, sonrió, cerró los ojos y expiró.

Espero que os haya gustado, y como siempre, cualquier duda, crítica u opinión, por favor, ¡Dejad un comentario!

Carles.