Autocontrol

El yo egoista y cómo controló su mente.

El yo egoista y cómo controló su mente.

Encajo la última pieza de ropa en la maleta. Una maleta demasiado grande para el poco tiempo que me quedo, pero siempre acabo llenándola con aparatos electrónicos que luego no utilizaré.

Llego al tren con 15 minutos de antelación, lo necesario para fumarme un último cigarrillo antes de entrar. Una vez dentro del tren observo de reojo la persona que está a mi lado. Ocupa todo el reposabrazos y sus piernas invaden mi espacio. No soporto sentarme al lado de este tipo de personas. Son las típicas que cuando van al cine te ocupan tu asiento, te van rozando con su brazo durante toda la película y encima son de los que hacen ruido mientras mastican. Pero la verdad es que podría haber sido peor. Podría haber olido mal.

Llego puntual, como de costumbre. El aire es mucho más denso que en Barcelona y hace un calor más sofocante. En principio tengo el hotel cerca, así que voy andando tranquilamente por las calles de Madrid.

Llego al hotel y un recepcionista sonriente me saluda y me da la bienvenida. Me gusta el trato que me dan. Parece un sitio agradable.

Una vez he finalizado los trámites subo con mi maleta a la habitación y me estiro un rato. Al despertar tengo un dolor de cabeza terrible. Me tomo un gelocatil y pacientemente espero que se me pase mientras escribo cuatro tonterías en mi cuaderno.

Entonces las paredes se empiezan a deshacer. He pasado demasiadas horas aquí metido y supongo que me empiezo a poner nervioso. El suelo también empieza a descender en forma de espiral. Como si alguien hubiese quitado el tapón y la habitación entera estuviera yéndose por el desagüe.

Al principio logro aguantar el tipo, me mantengo encima de una mesa mientras intento pensar una solución. Cuando la mesa empieza a perder su color, sé que se me está acabando el tiempo.

Noto también como mi pie izquierdo empieza a ser succionado por ese agujero por donde se va mi realidad. Pataleo sin mucho éxito.

Pego un último salto y logro alcanzar las cortinas. Y mientras estoy colgado ahí, sudando, saludando a mi destino, cierro los ojos. Absorbo todo el aire que puedo por la nariz y lo expulso por la boca mientras empiezo a alejar de mi mente cualquier pensamiento.

Salto hacia la nada y me pongo en posición de meditación. Sigo con los ojos cerrados y alejando cualquier pensamiento negativo de mi cabeza. Solo pienso en el aire que absorbo, en forma de pureza y en como cuando lo expulso tiene un color negruzco.

Me estoy empezando a relajar.

De pronto aterrizo, suavemente, sin ningún tipo de ruido sobre una superficie blanda. Abros los ojos lentamente y veo que estoy sentado en la cama tranquilamente.

Me ha sentado bien esta sesión.

Carles Rubio Arias.

Un pie y después el otro.

Un pie y después el otro.

Un pie y después el otro.

[Castellano]

Un pie y después el otro. El invierno caía pesadamente sobre nuestras cabezas. Fumaba un cigarrillo mientras pensaba en cómo había ido el día. Paso a paso.

Ya era bastante mayor como para saber que si la gente se asomaba a los balcones desnuda, uno tenía que apartarse lo antes posible. Todo el mundo sabe que es señal de que la luna puede caer en cualquier momento. Pero ese día cometí una imprudencia cuando vi su cuerpo desnudo, en medio de la neblina invernal, sonriendo con la mirada y con sus ojos fijos en mí. No pude apartarme de mi camino. Pero entonces la luna se cayó y tuve que cruzar hacia la otra acera. Cuando el polvo hubo desaparecido abrí los ojos, pero tras intentar rehacer mi camino ella ya no estaba. Y la luna parecía que me sonreía desde el cielo, como si la situación se le antojara cómica.

Nunca olvidé ese balcón ni aquella visión celestial. Y, evidentemente, las consecuencias de todo eso me pasaron factura. Pero eso mejor lo dejo para otro día.

 

Carles Rubio Arias.

 

[Català]

Un peu i després l’altre. L’hivern queia pesadament sobre els nostres caps. Fumava un cigarret mentre pensava en com havia anat el dia. Pas a pas.

Ja era prou gran com per saber que si la gent sortia als balcons despullada, un havia d’apartar-se l’abans possible. Tothom sap que és senyal de que la lluna pot caure en qualsevol moment. Però aquell dia vaig cometre una imprudència quan vaig veure el seu cos nuu, enmig de la boirina invernal, somrient amb la mirada i amb els ulls fixats en mi. No vaig poder apartar-me del meu camí. Però llavors la lluna va caure i vaig haver de canviar-me de vorera. Quan la pols va desaparèixer vaig obrir els ulls, però després d’intentar retornar al meu camí, ella ja no hi era. I la lluna semblava que em somreia des del cel, com si la situació fos còmica per ella.

Mai vaig oblidar aquell balcó ni la visió celestial. I, evidentment, les conseqüències de tot això em van passar factura. Però potser millor deixar-ho per un altre dia.

 

Carles Rubio Arias.

Remordimientos

 

Remordimientos

Remordimientos

…y cuando los caídos se levanten,
empachados de soberbia,
andando con la cabeza gacha
y el sentimiento perdido,
incapaces de fijar la mirada
y de seguir adelante,
su sonrisa desaparecerá.

Y cuando se sequen las lágrimas,
lo harán con ideas transparentes,
y sus marcas de derrota,
no desaparecerán jamás.

Porque no existe venganza sana
ni raíz retorcida,
de árbol o de planta,
que alegue justicia inmediata.

Pues nosotros no somos ni seremos
jueces o ejecutores,
y quienes crean serlo,
son aquellos que caerán,
y que si por fortuna algún día se levantan,
seguirán incapaces de seguir adelante,
y mantener una sonrisa en la mirada.

21/04/2011 Carles Rubio Arias.

Cada día anhelo tu cuerpo

Cada día anhelo tu cuerpo

Cada día anhelo tu cuerpo

 

Cada día anhelo tu cuerpo; y a tí, por supuesto.

Arrastrándome entre las sábanas,
anhelo tu aroma,
aroma de realidad,
de fantasía perdida,
de historias que vendrán.

Pero entonces despierto
con el sueño en mi cuerpo
y añoro cómo pasaría,
me hundiría en tu cuerpo
a buscar qué hay dentro,
despacio,
hurgando cada curva de tus sentidos,
y, completamente desafinado,
te susurraría cuánto te echo de menos.
A ti y a tu cuerpo.

29/03/2011 Carles Rubio Arias.

Hacia la luz (III)

Hacia la luz (III)

Hacia la luz (III)

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Hacia la luz

(Parte 3)

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Laura

Las lágrimas resbalaban por mi mejilla. Esto no era lo que había planeado. No debería haberme sentido así.

Era como si la vida se me estuviera escapando mientras veía como Martín, completamente fuera de sí, acariciaba a otra mujer. Lo peor de todo es que sabía que lo estaba disfrutando, me lo decían su mirada y sus gemidos. Tenía la sensación de que estaba echando a perder todo lo que habíamos construido juntos. En ningún momento pensé que había sido yo el detonante de todo.

Y ellos también tenían la culpa. Nada de esto estaba escrito en el contrato.

Martín

Y en ningún lugar especial, con nadie especial, desperté. Cuando abrí los ojos no recordaba dónde había estado. De hecho, no sabía dónde me encontraba. Estaba completamente desubicado. Sentía mis neuronas atontadas.

Lo primero que noté fue que no estaba solo. Había alguien más en la cama. Me fijé en el papel de pared que recubría la estancia, parecía sacado de una película de los años 60.

No había visto en mi vida la mujer que tenía al lado. Supongo que es la típica excusa de más de algún proxeneta, pero en mi caso era real. Me levanté y me di cuenta que no estaba en una habitación de hotel. Seguramente sería el apartamento de la desconocida.

Mi cabeza ardía, me dirigí a la cocina y me serví un poco de café. Cuando acabé con la segunda taza y empecé a sentirme algo mejor, aproveché para dirigirme a la ducha. En el dormitorio todavía no se oía ni un solo ruido.

Cuando estuve vestido me acerqué a la cama y vi que mi acompañante seguía dormida.

Hacía unos quince días que había llegado a Caracas, Venezuela. Era el último de los viajes previstos ya que el tiempo establecido llegaba a su fin.

Salí del piso e intenté ubicarme. No recordaba nada de lo ocurrido en estos últimos días. Miré los edificios a mi alrededor, una mezcla de casas modernas y antiguas. En la calle en la que me encontraba habían muchos restaurantes, y si los datos de mi guía no fallaban, no podía ser otro que el barrio de La Candelaria.

Me dirigí al restaurante más cercano y pedí una cerveza y unas arepas para picar alguna cosa.

Realmente había perdido la noción del tiempo. Había estado viajando todos estos meses y el final estaba cerca. Parecía como si hubieran venido a buscarme y yo me hubiera escapado. Pero sólo hay una persecución que no puedes ganar, la carrera contra la muerte.

Tomé un sorbo de mi cerveza y sentí que mi cabeza empezaba a dar vueltas. Me desmayé.

***

Desperté en un hospital. A mi lado estaba mi doctor con una sonrisa. Sabía todo lo que eso significaba, había vuelto a casa y mi vida pendía de un hilo. El doctor tocó algo del cuentagotas lleno de morfina y volví a quedarme dormido.

Cuando abrí los ojos estaba estirado en una camilla, con varios médicos alrededor. Me llevaban rápidamente al lugar donde en principio entraría y no volvería a salir. Sólo podía ver las luces del techo correr una tras una, como si fuera una cuenta atrás.

Se abrieron las puertas del quirófano y cerré los ojos. Al principio vi oscuridad, pero creí vislumbrar una luz, más radiante que cualquier otra que hubiese visto. Parecía que quería que me acercara. Me llamaba una y otra vez. Conocía mi nombre.

Me dejé llevar, me dirigí hacia la luz y abrí los ojos. Pero en vez de la paz que esperaba encontrar, una multitud gritó mi nombre.

A mi alrededor habían varias camillas ocupadas con diferentes personas igual de desconcertadas que yo.

Una voz profunda dijo: “El ganador de Sonríe es…” Entonces ésa luz me iluminó y, por segunda vez en menos de un año, sentí como algo se rompía. Todo lo que había realizado en esos últimos meses de agonía pasó delante de mis ojos, literalmente. Una pantalla de setenta pulgadas estaba mostrando al público como había destrozado mi vida desde que mi mujer me dejó.

Pero seguía desconcertado. Empecé a digerir todo lo que eso significaba.

A mi alrededor varias personas se levantaron de sus camillas y se fueron. Algunos seguían intentando entender qué ocurría mientras que otros simplemente lloraban desconsolados.

Aún a día de hoy sigo asimilando todo lo que ocurrió.

Laura me mintió. El médico estaba contratado. Después me enteré de que se habían realizado quejas y denuncias, pero el programa de televisión siguió adelante. Los medidores de audiencia jamás habían experimentado un nivel tan elevado y constante de espectadores. Me drogaron, prostituyeron mi vida e hicieron que todo el mundo lo viera. Me utilizaron como espectáculo. Laura creyó que sería una buena forma de pagar la hipoteca pero no he vuelto a saber de ella desde entonces. Pero mirando a los ojos de la gente que estaba en el plató, entendí que el médico no estaba tan equivocado.

Tras esos seis meses algo había muerto en nosotros. Nuestra humanidad estaba agonizando.

Fin

Espero que os haya gustado el cuento y que lo hayáis disfrutado.

Saludos,

Carles Rubio Arias.

Hacia la luz (II)

Hacia la luz (II)

Hacia la luz (II)

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Hacia la luz

(Parte 2)

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Martín

La verja se abrió silenciosamente y dio paso a un pequeño jardín con un solo árbol. La casa se alzaba delante mío oscura y fría. Tuve la sensación que una vez entrara no podría volver atrás. Nadie me volvería a esperar despierto. Avancé un poco y me di cuenta que desde el exterior no se podía apreciar la casa. Pasé un buen rato observándola, estaba rodeada por unos setos que la cubrían por completo. Cerré la verja y di otro paso más. El exterior era envidiable y sinceramente, estaba intrigado con lo que podía aguardarme en el interior. Hurgué en mis bolsillos y saqué la llave de mi nuevo hogar.

Lo primero que hice al entrar fue empezar a registrar la casa. El recibidor era amplio, tenía un salón muy espacioso y una cocina con todos los electrodomésticos instalados. Unas escaleras ascendían hacia una habitación y un baño. Era mucho más grande que cualquier piso en el que había vivido.

Fui a visitar la nevera para comprobar que todo funcionara y me llevé la primera sorpresa: La nevera estaba encendida y llena de refrescos. El congelador tenía comida precocinada. Al menos tendría un par de días para organizarme. A mí y a mis ideas.

Me senté en la mesa de la cocina y empecé a pensar qué querría hacer con mi vida. Saqué el portátil de la funda, cogí una cerveza y encendí el ordenador.

En los sobres que me dio el doctor, había varias direcciones de páginas web a través de las que se realizaban las gestiones del programa “sonríe”. Una de ellas era la opción “viajes”.

Accedí con mi nombre de usuario y contraseña y apunté varias opciones.  Mañana decidiría el destino. Llamé al médico para contarle mi intención de viajar por si había algún impedimento y para que me proporcionara suficiente medicación. Me dijo que no existía ningún inconveniente y que podía marcharme mañana mismo si encontraba pasaje.

Acto seguido llamé a Laura, pero tras cuatro intentos más, entendí que no quería hablar conmigo. No quería solucionar las cosas. Se había acabado. Estaba hecho un manojo de nervios y por un momento estuve a punto de ponerme la chaqueta, ir a casa de su hermana y confesarle que mi vida estaba llegando a su fin.

Pero me controlé y al día siguiente dejé el empleo en el que estaba y me pasé toda la mañana organizando un viaje por Sudamérica.

Quería quemar el poco tiempo que me quedaba.

Laura

Y ahí estaba yo, deshaciendo la maleta en casa de mi hermana, con una sonrisa en los labios. Pensé en cómo se lo habría tomado Martín. Aunque después de todo, seguro que estaría de acuerdo en que era lo mejor. Los dos lo necesitábamos. Tendríamos que sacrificarnos, pero cuando se diera cuenta, lo entendería.

El teléfono sonó, pero mi cabeza me dijo que seguramente se me escaparía algo fuera de lugar, así que pensé que lo mejor era dejarlo silenciado.

Entonces recordé cuando se lo confesé por primera vez a mi hermana. Ella no estuvo de acuerdo, dijo que ese tipo de cosas no debían hacerse. Repitió una y otra vez que el engaño en una pareja es el causante de la mayoría de divorcios. Pero era maleable, y llegado un punto, acabó pensando que era ella la que me había dado la idea.

Ahora sólo quedaba esperar. Encendí el televisor y esperé.

Martín

Me puse en la cola del aparato. Quería sentir esas vibraciones y turbulencias que siempre había querido evitar. Quería sentir que seguía vivo mientras el avión me llevaba hasta lo que seguramente sería mi último viaje.

Seguía sin notar síntomas demasiado exagerados. Tenía muchos dolores de cabeza y mi estómago hacía días que empezaba a funcionar de forma extraña y caprichosa. Pero nada de eso importaba. Iba a utilizar los últimos cartuchos de mi vida intentando desgarrar toda la realidad que hacía años que llevaba construyendo.

El vuelo era más lento de lo que me esperaba. A mitad de viaje pedí una botellita de vodka para intentar conciliar el sueño. Mis amigos siempre me habían confesado que no había nada mejor que un poco de alcohol cuando el avión está a mucha altura para evitar las pastillas para dormir. Y realmente funcionó.

Cuando aterrizamos, fui directo a la estación de taxis, no había llevado maleta, solo una pequeña mochila con mis ahorros y mi portátil.

Le pedí que me llevara al centro de la ciudad y realicé unas pequeñas compras de ropa y de lo necesario para el día a día. A continuación busqué el hotel que había reservado a través de la web del proyecto. Resultó que el hotel estaba cerca de donde me encontraba, así que no tuve que desplazarme mucho. Cuando subí a la habitación había una botella de champagne esperándome, y como todavía tenía que planificar lo que haría a continuación, pensé que lo mejor era brindar con el espejo y empezar a dibujar el recorrido en el mapa de la zona.

Cuando vacié la botella ya eran las ocho de la tarde. Salí del hotel a refrescarme con la brisa con rumbo a ningún lugar. El alcohol había tenido el efecto deseado. Me sentía más perdido que nunca.

De repente me di cuenta que a mi alrededor todo eran árboles. Había entrado en una especie de parque, y todo a mi alrededor era verde. Aunque había varios grupos de jóvenes gritando en un banco cercano no lograban romper la magia del momento.

Volví sobre mis pasos y me eché en la cama del hotel. Pero el sueño no venía. Quizá tendría que haber cenado alguna cosa antes de rendirme a Morfeo, pero ahora ya era tarde. Llamé a recepción pero la cocina estaba cerrada. Podían ofrecerme unas galletitas o una bolsa de patatas. Decliné la invitación y fui a buscar algún bar de mala muerte que tuviera algo potable para picar.

Y así fue como encontré el Bar. El único lugar de la zona que parecía abierto. Entré y una nube de humo me absorbió. Me senté en la barra y pedí algo para beber. El estómago ya no protestaba, y no iba a ser yo quien lo despertara.

La gente sonreía y parecía venir de otro plano, donde los impuestos, la política y la sanidad eran sólo problemas secundarios.

Tras varias copas, la gente empezó a fijarse en mí y a conversar conmigo. También acabé dándole unas caladas a algo que jamás había probado.

Y en ese preciso momento fue cuando mi engranaje se rompió. Noté como algo ocurría en mi cabeza, como si un nudo se hubiera desatado. Ahí empezó mi liberación.

En ningún lugar especial, con nadie especial. Fue en aquel lugar, que precisamente no tenía ningún nombre en especial, donde todo acabó y empezó.

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Fin de la segunda parte.

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En unos días, la tercera y última parte.

Para leer la tercera parte, clickad aquí

Carles Rubio Arias.

Hacia la luz (I)

Hacia la luz

Hacia la luz

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Hacia la luz

(Parte 1)

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El impacto fue parecido al de un piano cayendo desde un Boeing 747 en mitad de la Cibeles. Pero a mi alrededor habían 4 paredes y un techo. Y físicamente estaba de una pieza, al menos mi cascarón. El médico me aseguró que no sufriría, pero un leve tic en su sonrisa me dio a entender que estaba mintiendo. “Martín, aunque no podamos curarte, haremos que tu vida durante estos últimos seis meses sea llevadera, y sobretodo real. La medicación no te afectará en tu ritmo diario y podrás hacer vida normal”. Pero nada de lo que ocurre en el momento en el que te dan una noticia así, sigue siendo normal. Nada vuelve a serlo.

Me llamo Martín Figueroa, tengo 34 años, estoy casado y no tengo hijos. Trabajo como auditor y me quedan seis meses de vida.

Esta es mi historia y quiero compartirla antes de morir.

***

Cuando salí de la consulta, lo primero en lo que pensé fue en arreglar todo el papeleo para que mi pareja, Laura, lo tuviese todo solucionado. Pensé también en pagar ese par de multas de aparcamiento que tenía pendientes desde hacía algún tiempo. Cancelé todas las cuentas menos la que tenía con mi mujer y abrí otra nueva, donde ingresé todo mi dinero. Cuando acabé todas las gestiones y organicé los papeles de las aseguradoras, me di cuenta que mi estómago me reclamaba gasolina. Eran casi las tres de la tarde.

Llegué a casa y Laura todavía estaba en el trabajo. Me serví unas acelgas y me senté. Estuve mirándome el plato unos segundos, que seguramente fueran minutos, y cuando engullí la primera patata hervida, rompí a llorar. Llorar de forma desconsolada.

Y poco después de que mi llanto disminuyera, el teléfono sonó. Era el doctor. Me comentó algo sobre un programa especial llamado “sonríe”, dijo que no me alargaría la vida pero que haría que la enfermedad fuera más llevadera. También me preguntó si ya lo había comunicado a mis familiares y le respondí que no, y que por el momento no quería que supiesen nada.

Serían las cinco de la tarde cuando me dirigí de nuevo a la clínica presto a aceptar cualquier medida alternativa que me permitiera paliar un poco mi futuro sufrimiento. Cuando llegué, el doctor tenía una sonrisa de oreja a oreja y se había quitado la bata. Supuse que quería tranquilizarme, sacarme la presión de la relación doctor-enfermo.

No lo consiguió.

Entonces empezó a detallarme ése programa especial. Se me facilitarían unas comodidades especiales, una casa en las afueras de la ciudad, un sueldo elevado sin necesidad de trabajar y además podría realizar dos viajes cada mes con todos los gastos pagados.

No me convenció. ¿Por qué cambiar mi vida? Mi cara debió reflejar mi poco entusiasmo porque el doctor añadió que además, las mejores medicinas estarían a mi alcance.

Siempre había tenido una relación muy estrecha con el dolor, y había conseguido superarlo sin que nadie a mi alrededor se diera cuenta. Lo que más miedo me daba era el posible sufrimiento que acabaría por contagiar a mi círculo de amigos y familia. Así que tomé una decisión; acepté. Si de esa forma podría costearme una medicación que me hiciera sufrir menos, lo haría. Además podría alegar ante mi familia y amigos que tenía trabajo acumulado y mientras tanto buscar ayuda sanitaria y nadie tenía porque enterarse. Me juré que aprovecharía esos viajes.

Llegué a casa y mi mujer me esperaba sentada en el sofá, mirando la televisión. Le di un beso e intenté actuar de forma habitual. Cené un poco y nos acostamos.

Al día siguiente organicé una cena con unos amigos. Tenía ganas de que me vieran sano y fuerte, como siempre había sido. Seguramente en unos meses la enfermedad me habría consumido lo suficiente como para no poder disimular.

Y así fueron pasando los días. Recibí el primer ingreso del plan “sonríe” (yo le hubiera añadido al nombre “mientras puedas”). Siempre pensé que deberían haber ahorcado al que bautizó este proyecto para moribundos con ese título. El dinero lo ingresé en la cuenta que creé al margen de mi mujer. Ella era la única que figuraba en el testamento como heredera de la cuenta.

Al cabo de dos días de cobrar mi médico llamó para ver cómo me iba, y le conté que todavía no sentía dolor, que todo iba bien. Preguntó también que si me había gustado la casa y que en qué había estado gastando el dinero. Me sinceré y le dije que había continuado con mi vida de forma rutinaria. Pareció extrañado y colgó poco después, cuando el silencio se hizo demasiado tenso. Por mi parte, continué leyendo el periódico.

Esa noche ocurrió algo completamente inesperado. Laura no regresó a casa después de trabajar. Tras llamarla varias veces y no recibir respuesta empecé a sudar. La había notado más distante últimamente, aunque pensaba que eran imaginaciones mías. Antes de llamar a la policía registré la casa. Efectivamente el armario y sus cajones estaban vacíos.

Se había ido.

Encontré la nota en la nevera. En ella describía varios motivos por los que no podía continuar conmigo. Ninguno tenía el suficiente peso como para que yo fuera capaz de entender el porqué. Llamé a su hermana pero no me respondió. Así que reaccioné de la única forma que se me ocurrió: largándome.

Cogí mi ordenador portátil y cuatro papeles y me dirigí a la casa que el programa médico me había proporcionado.

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Y ahí estaba ella, deshaciendo la maleta en casa de su hermana, con una sonrisa en los labios.

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Fin de la primera parte.

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Carles Rubio Arias.

Triángulo

[Castellano]

Hoy empezaré un cuento corto pero no lo acabaré. Estoy todavía escribiéndolo pero es el día ideal para empezar a publicarlo. El original está en catalán, pero lo he traducido lo mejor que he podido para que todos podáis entenderlo.

Para ti, maestro, compañero, padre y amigo.

Triángulo

I

Despierto sentado en el andén. No conozco a nadie por más que busco caras conocidas. La estación parece antigua, con las pequeñas tuberías asfixiando la poca naturaleza de alrededor. No tenemos techo sobre nuestras cabezas. Algunas personas parecen estar más confundidas incluso que yo, pero otras desprenden calma con la mirada.

Nadie se impacienta por el retraso del tren. De hecho, no vemos ningún cartel con los horarios establecidos.

Me levanto y me intento situar. Recuerdo que tengo un buen sentido de la orientación, así que quizás pueda entender dónde estoy. Pero la pequeña estación está completamente desolada, rodeada por paisaje muerto.

Deben de ser cerca de las nueve de la mañana ya que el astro rey todavía no se ha coronado.

Entonces veo como algunos se han ido adaptando a las circunstancias y se han atrevido a hablar, otros han decidido esperar con paciencia algún acontecimiento y un par que se han alejado hacia el desértico horizonte, lejos de la estación.

Considero que la mejor opción es socializar un poco y conocer a mis compañeros de viaje. Me dirijo con paso firme hacia el grupo que parece más animado.

II

Dicen que en sólo un año las heridas se cierran. La Gran Caída cumple hoy su primer aniversario. Pero no ha cambiado nada. No me he despertado de forma distinta a ningún otro día. El café tiene el mismo sabor que ayer y las lágrimas resbalan por mi cara de la misma manera que lo han hecho estos últimos meses.

Quizá ella sí que ha cambiado. Quizá hoy es distinta; me la miro, una y otra vez. La observo con ojos de padre, pero no quiero ser condescendiente con ella. Se ha portado mucho mejor de lo que me esperaba. Entenderla es muy sencillo, de hecho está hecha de materiales muy asequibles y tiene unas formas simples que lo único que buscan es atraer al consumidor de bolsillo pequeño. Pero me ha estado aguantando durante todo este tiempo, y sólo por eso, merece mi respeto.

Es una buena silla. A él le habría encantado, estoy seguro. Quizá al fin y al cabo sí que es un día distinto.

Hoy, y sólo quizás, he avanzado un paso hacia adelante en mi vida. O quizá sólo sea la silla.

III

La nada me envuelve. Estoy acostumbrado, de hecho, no recuerdo ninguna otra cosa que no sea conducir este maldito tren. Busco el placer en mirar a través de la ventana. El desierto me envuelve.

Una vez intenté contar los granos de arena que luchaban por entrar en la cabina y conseguían engancharse en el cristal, pero la velocidad siempre me impedía obtener una cifra exacta. Es curioso como en las situaciones más absurdas nos aferramos a las cosas más concretas.

Los mapas nunca me han servido de mucho. Sólo me indican unos puntos clave de toda la región Sin Nombre. Puedo distinguir las pequeñas estaciones donde recojo a la gente y la parada de inicio y final, pero por más que intente discernir el nombre del desierto o alguna pequeña región, no lo consigo. Además, los Guardianes me han prohibido hacer preguntas al respecto.

Los nombres no son importantes, y nosotros, tampoco.

El panel de control me indica que estamos llegando a la tercera parada. Comienzo el proceso de desaceleración y observo a la gente desde la lejanía.

Cada vez hay más.

Continuará.

Carles.