Un futuro incierto

[Castellano]

Algo distinto a lo que estamos acostumbrados, dedicado al trabajo de Mireia y Laura con su “Visto, Luego Existo”:

Un futuro incierto

Un mundo gris sin identidad. Las angostas calles, los edificios, la calzada, las grandes superficies comerciales, todas en blanco y negro, desfiguradas. Como granos de arroz en el plato. Idénticos en todas y cada una de nuestras características.

Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que la vida reinaba y cada uno era un grano distinto, un color, un aroma, una idea. Pero ya nadie recuerda. Sólo somos unos pocos los que pensamos en colorear este mundo en blanco y negro. Esta idea de repugnante equivalencia en todos los sentidos.

Camino por las calles y veo como la gente ha perdido el rostro, ni siquiera tienen facciones propias, todas ellas controladas, perfectas, muertas en vida y en un perfecto rictus.

Pero entonces las luces me indican el camino. Me guían hasta ese pequeño rincón que me hace olvidar. Y cuando entro veo color. Rostros nuevos, facciones que no sé cómo denominar. No están catalogadas ni predefinidas por ningún canon. Son reales.

Lo están consiguiendo desde una de esas pequeñas tiendas en las que todavía se respiran aromas olvidados. Desde donde todavía se puede respirar algo que los antiguos llamaron creación.

Y al fijarme un poco más veo lo que creo entender como una sonrisa. La gente que está comprando las piezas de ropa de esa tienda empieza a creer. Creer que el cambio es posible. Creer en sí mismos. La gente vuelve a existir. Y así empiezo a querer ponerme una de las creaciones de esta tienda. Yo también quiero tener rostro. También quiero aprender.

Y así es como escondida en una de las calles de la gris ciudad, una pequeña idea, un trabajo de dos personas con identidad, nos está dando a todos los sin rostro, nuevas ideas con las que sonreír.

Saludos.

El tic

[Castellano]

Otro cuento corto… Espero que lo disfrutéis.

El tic.

Siempre recordaré aquella jornada como una de las más emocionantes de mi vida. El clima no podía ser mejor, un sol de justicia acompañado por un aire fresco que hacía muy soportable la temperatura. Ese día venía un físico a dar una charla en la universidad, y no podía perdérmelo por nada del mundo. Su nombre resonaba en mi mente, se llamaba Dr. Roschet.

Dicen que todos los grandes físicos tienen alguna extraña particularidad, de algunos se dice que son excéntricos y de otros simplemente son geeks que no salen de casa y cuentan chistes sobre electrones y átomos.

El Dr. Roschet tenía un tic. Pero no un tic de los habituales, sino un tic que iba más allá de un simple espasmo nervioso. Se decía que en cualquier momento los ojos del doctor empezaban a brillar, se tornaban rojos y emitían un fulgor plateado.

Y como en toda conferencia, la mitad de los alumnos iban a aprender y a disfrutar de lo que el doctor podía enseñarles y la otra mitad simplemente iba a ver qué tenía de raro ese físico.

Pero a mí me motivaba aprender. Esa conferencia me confirmó las sospechas sobre mi futuro, quería seguir sus mismos pasos.

Y así fue como estudié física y posteriormente realicé un doctorado para poder dedicarme a la investigación. Y tuve la gran suerte, tras insistir y realizar varias entrevistas, de poder formar parte del grupo de investigadores del Dr. Roschet.

El doctor había avanzado mucho en sus investigaciones. Dejó aparcado su anterior proyecto aún cuando en Washington habían utilizado parte de su trabajo para desarrollar una nueva arma que estaba dando muy buenos resultados en el control de países con terrorismo, aunque eso evidentemente, generaba mucha controversia. Como consecuencia de esta agresiva arma en Corea ahora había una zona cero.

El Dr. Roschet actualmente basaba sus estudios en un campo completamente distinto, la teoría de la relatividad, olvidando y negando por completo todo lo que había aprendido de la mecánica cuántica. Y de vez en cuando, cuando estaba escribiendo aquellos característicos garabatos, y nadie le prestaba atención, sus ojos se tornaban rojos, como aseguraba la leyenda urbana que circulaba sobre él. Aunque no emitían ningún tipo de aura, simplemente se coloreaban, el doctor se disculpaba y se retiraba a su despacho. Volvía al cabo de unas horas con las fuerzas renovadas y el color de ojos recuperado. Ninguno de nosotros comentó jamás nada al respecto. Al menos delante de él.

Pero como es natural, los rumores circulaban.

Algunos decían que tenía una extraña enfermedad, otros creían que había estado demasiado tiempo expuesto a algún tipo de material nocivo, pero yo me conformaba con pensar que simplemente trabajaba demasiado.

Y aunque pasé varios años trabajando con él no averigüé la verdad hasta poco antes de irme del laboratorio.

Una noche tuvimos una acalorada discusión sobre la ética y moral del posible resultado de nuestro proyecto. El grupo se dividió en dos opiniones completamente opuestas, y una de las posturas sólo la defendíamos el Dr. Roschet y yo. Nuestros compañeros se fueron al ver que no tenían forma de convencernos, y cuando nos quedamos solos, el doctor se me acercó y me miró fijamente.

- Nuestro trabajo no debe usarse para dañar al ser humano sino para hacerlo más grande. Es extraño… O ya entiendes eso o eres un chiflado por estar de acuerdo conmigo e ignorar las ventajas que puede traerte ir en contra de la humanidad.

- Estoy totalmente de acuerdo con usted, doctor. Después de todo, le he seguido hasta aquí sólo por realizar mi sueño. Sería estúpido ir en contra de todo lo que me ha enseñado.

- Me alegra que no hayas tenido que cometer un terrible error para darte cuenta. Mañana tus compañeros realizarán una petición a mi superior para que la investigación siga el curso que ellos desean, y por desgracia, será aceptada. No es la primera vez que me incitan a trabajar en contra de la humanidad. Ya me equivoqué una vez, pero mañana tomaré la elección correcta. Has sido un buen alumno y un buen compañero de trabajo.

No supe qué responderle. Uno de los mayores físicos cuánticos de la historia me palmeó el hombro y miró hacia el vacío, recordando.

Entonces los ojos se le tornaron rojos y al bajar la vista dijo algo que siempre se me quedará grabado, los genios también lloramos.

Espero que os haya gustado,

Carles.

Ahora, a la hora.

[Castellano]

Un cuento corto más corto de lo habitual, espero que lo disfrutéis.

Ahora, a la hora.

Esta es la historia de una mujer que amaba a un hombre y un hombre que amaba el tiempo…

Era temprano, todavía no había amanecido. Los cuerpos sudorosos se separaron después de aquel placentero momento. Él miró la hora. Ella sonrió.

- Te quiero – dijo ella.

- Y yo a ti – respondió él.

Ella empezó a acariciarle la espalda mientras él ya se iba hacia la ducha. Tenía 7 minutos para ducharse y 22 para llegar hasta la oficina. Se había dejado un margen de 4 minutos para dedicarle a su mujer.

Cuando salió de la ducha, vestido y listo para despedirse, su mujer, desnuda, le abrazó y le susurró que tenían todavía tiempo para disfrutar un rato más. Él negó con la cabeza. Ella le agarró y le lanzó de nuevo sobre la cama. Le empezó a desabrochar los pantalones mientras él se resistía. Ella sonrió picaronamente, y le empezó a acariciar su torso por encima de la camisa. 3 minutos menos. Se lanzó sobre él y le besó. La apartó y le pidió que parara, aseguró que sólo le quedaban unos minutos de tiempo. Ella hizo caso omiso y se agachó enfrente de él. Tras unos segundos él miró el reloj. Le quedaban 34 segundos. Entonces ella, viendo que él perdía el interés, se subió encima de él dispuesta a concluir lo que había empezado. Y mientras ella gemía él sólo podía oír las agujas del reloj moverse. La agarró por el cuello y la apartó. Ella sonrió pensando que quería jugar. Entonces él presionó su cuerpo sobre el de ella y metódicamente agarró el almohadón y lo presionó junto a su cara. Todo ocurrió en unos minutos. Concretamente en 7 minutos y 13 segundos.

Llegó a trabajar un poco más tarde de lo habitual. Cuando entró en el ascensor se encontró cara a cara con su compañero de trabajo, que bromeando, le dijo:

- ¿Qué ha ocurrido? Es la primera vez en 15 años que llegas tarde ¿Estás enfermo?

- Sí – contestó él.

Entonces miró de reojo su mano derecha, donde en vez de un anillo habían dos. Junto al anillo estaba su preciado reloj. Miró la hora y miró el anillo, y entonces, sólo entonces, lloró.

Nadie supo si sus lágrimas surgieron cuando miró el anillo o si por el contrario fue al ver la hora a la que había llegado a trabajar.

Saludos,

Carles.

Erundina

[Castellano]

Aquí os dejo con otro cuento corto… recién salido del horno:

Erundina.

Las cajas ya llegaban hasta el baño. Había recogido los álbumes de fotos de su boda y de cuando nació su hija. Sólo le quedaban las fotos repartidas por toda la casa. Los electrodomésticos eran tan viejos que en casa de su hija no harían ninguna falta.

Erundina se dirigió a su habitación y abrió los armarios roperos, y a medida que iba empaquetando la ropa de su difunto marido iba palpando los cuellos de las camisas, desempolvando poco a poco sus lejanos recuerdos.

El timbre sonó por toda la casa. Erundina dejó por un momento de empaquetar su vida y se dirigió al recibidor. Esperaba esa llamada.

Un hombre trajeado de edad indeterminada entre los treinta y los cuarenta se encontraba tras la puerta.

- Es la hora señora. – le dijo.

-          Lo sé, lo sé, ¿No podéis darme un día más? Todavía tengo que empaquetar todas las fotos y los libros de recetas. – respondió.

- La ley es la ley, señora. No podemos cambiar las leyes.

- Mira jovencito, una ha vivido lo suficiente como para saber que un día más o un día menos no hará daño a nadie. Así que por tu bien espero que te vayas y que no regreses hasta esta noche. – dijo Erundina.

No estaba para bromas, no había acabado de recoger sus cosas. No gritaba, pero nunca en su vida había tenido la necesidad de gritar. Una de sus miradas había hecho retroceder a más de un personaje con oscura trayectoria.

Cerró la puerta disgustada.

Lo más importante para ella era que todo estuviera empaquetado, ordenado y preparado para cualquier eventualidad. Y no lo tenía todo listo, todavía no.

Llamó al camión de las mudanzas. Envío urgente hacia casa de su hija. Escribió una carta:

“Siento enviarte todo esto sin mucha antelación, pero la casa tiene que quedar vacía para mañana. Han venido antes de lo esperado, pero no te preocupes que ya lo he preparado todo. Espero que recibas todas las cajas, te las mando con una compañía que me ha asegurado que mañana mismo lo tendrás todo ahí. Supongo que me verás como máximo en un par de días. No te preocupes por mí, estoy bien.”

Se dirigió a la cocina y acabó de empaquetar los libros de recetas que tanto esfuerzo le había costado. Horas más tarde, cuando acabó con todas las cajas, se sentó en su butaca y se encendió la televisión.

Y llegada la noche, cenó una sopa reconfortante y se lavó los dientes. Se estiró en la cama, y sólo cuando supo que todo estaba listo, sonó el timbre, sonrió, cerró los ojos y expiró.

Espero que os haya gustado, y como siempre, cualquier duda, crítica u opinión, por favor, ¡Dejad un comentario!

Carles.

En tierras bárbaras

[Castellano]

Escrito hace unos 7 años, aprovecho y os dejo este pequeño cuento muy breve. Uno de aquellos “inacabados”.

En tierras bárbaras.

Ignorando las advertencias de mis compañeros; pasando por alto a la vez las propias alarmas biológicas que no me dejaban escapar, me marché.

Llené el depósito de combustible y me puse a conducir. El equipaje: dos mudas. Mi destino: el saber. Pocos quedarían a la espera de mi regreso. Si regresaba algún día. Un niño cobarde a ojos de los míos. Quién querría esperarme…”

Su objetivo estaba más lejos de lo que nadie había llegado jamás. No sabía qué podría esperarle. Aunque sí sabía una cosa, no podía ser fácil.

Él era ése que siempre tuvo la respuesta. Cansado y harto de tanta presión decidió forjar su propio camino. Egoístamente se sintió libre.

Pero durante esos pensamientos, Raël llegó a su destino: unas tierras bárbaras sin seres de vida inteligente.

Entonces fue cuando llegó al planeta Tierra.

El efecto aspiradora

[Castellano]

Aquí os dejo otro de los cuentos cortos, esta vez lo escribí en castellano y lo traduciré próximamente al catalán.

A John y Mike por enseñarme a confiar un poco menos en las personas y más en mí mismo.

El efecto aspiradora

John y Mike se conocieron a través de internet. Hacía tiempo que jugaban online a  un juego con varias personas de su ciudad y un buen día decidieron conocerse. Cuando John vio a Mike por primera vez, no le reconoció. Tenía delante a alguien de baja estatura, pálido, muy delgado y prácticamente sin pelo. No llegaba a ser desagradable pero era como si a aquella persona le faltara vida. John por el contrario, era alto, de un color de piel negro azabache y tenía el pelo muy oscuro y generoso.

Cuando acabaron de llegar todos sus compañeros de juego se fueron a cenar a casa de John, que vivía por la zona. Mike ese día bebió algo más de lo habitual y tras estirarse unos minutos en el suelo para refrescarse, se quedó dormido. La velada en general fue muy divertida. Cuando finalizó y se iban todos a sus respectivas casas, John despertó a Mike y le dijo que se quedara a dormir, que le preparaba una cama. Él se negó y dijo que se quedaba ahí en el suelo, que no se encontraba bien.

Cuando John se levantó, él ya se había marchado, dejándole un rastro de pisadas en el baño y una camisa completamente manchada con la que pudo deducir que había pasado más tiempo en el baño que durmiendo.

Y así empezó su historia.

Empezaron a verse algún fin de semana, parecía que tenían muchas cosas en común. Cuando John contaba algo o admiraba alguna cosa, Mike parecía igualar o incluso superar su admiración. John empezaba a sentir que había encontrado una alma gemela.

Cuando Mike necesitó un empleo, John se lo consiguió. Trabajaba en una empresa como coordinador y las cosas no le iban mal. Jessica, la pareja de John también adoraba al nuevo amigo, y entre los tres forjaron una buena relación. Su amistad iba viento en popa.

John empezó a notarse de pronto un poco más pequeño. Aunque no le dio mucha importancia y siguió con su vida.

Cuando se encontraron con un puesto de coordinador vacante John habló con su superior y poco después, también hicieron a su amigo coordinador.

Mike iba ganando peso poco a poco mientras que John cada día estaba más delgado.

John era un adicto a la lectura y Mike la detestaba. Pero tras mucho insistirle, aprendió a disfrutar con un buen libro. Lo mismo ocurrió con la bebida. John no bebía grandes cantidades, pero le gustaba disfrutar de esos pequeños placeres así que también empezó a enseñar las maravillas de una copa de whisky de malta a Mike.

John empezó a tener pérdidas de cabello, y extrañado pensó que sería la estación del año. A todo el mundo se le cae el pelo en otoño.

Poco a poco las cosas se estabilizaron y John convenció a Mike para que estudiara. Mike parecía no querer parar de aprender todo lo que John le ofrecía.

Por fin de año John realizó una fiesta con sus amigos más intimos e invitó a la amiga más cercana de Jessica, Laura. Cuando se conocieron Laura y Mike encajaron muy bien. Así los cuatro empezaron a salir juntos y no pasó mucho tiempo antes de que acabaran iniciando una relación de pareja.

Pero los problemas llegaron a John con el nuevo año, cuando su pareja le dejó y su superior abandonó el trabajo. John tuvo que encargarse lo mejor que pudo de dirigir la oficina.

John estaba cada día más pálido, sabía que algo no funcionaba bien. Sería el trabajo. Había dejado de leer a diario y sus copas de whisky se redujeron a una copa mensual en algún cumpleaños. Hacía tiempo que no salía con sus amistades y se limitaba a trabajar, comer y dormir.

Una noche de las muchas que Mike se quedó a dormir, y tras haber bebido demasiada agua durante la cena, John abrió los ojos con la molestia de tener la vejiga hinchada. Se levantó poco a poco, y se dirigió hacia el baño. Lo que vio le dejó helado. Había una especie de proyector delante de su habitación, pero que en vez de iluminar o mostrar una imagen parecía absorber todo cuanto veía. No recordaba haber visto algo así jamás, sería alguna broma de Mike. Fue al baño, apartó el aparato del pasillo y se estiró de nuevo.

Por la mañana se dio cuenta que o bien el despertador no había sonado o se había dormido. Miró la hora, las 9:30. Hacía media hora que tenía que haber ido a trabajar, pero su cuerpo prácticamente ni respondía. Suerte que Mike era madrugador y habría podido llegar a tiempo. Se levantó tras varios minutos de lucha interna y vio que efectivamente su amigo ya no estaba. Había recogido el aparato y en el hogar sólo se oía silencio. Cuando llamó al trabajo, Mike le dijo que no se preocupara, que vendría a verle cuando saliera del trabajo. Se acurrucó en el sofá y se volvió a quedar dormido.

Se levantó, las 16:00 de la tarde. Se dirigió al baño y encendió el grifo. Se frotó fuertemente la cara con agua y jabón intentando sacarse esa morriña que le acompañaba últimamente a todas partes. Cuando dejó de frotarse no podía creer lo que estaba viendo. Su color de piel, oscuro, azabache casi negro, ahora era pálido casi amarillento. Algo no iba nada bien. Se pesó y vio que en un año había perdido casi treinta quilos. Había perdido toda su musculatura.

El timbre sonó. Sería su amigo, él ayudaría. Abrió la puerta y entró un Mike sonriente. Le avisó de que hoy no podría quedarse a dormir, tenía cosas que hacer. John sonrió y le dijo que no había problema. Con Mike todo era más divertido. La tarde pasó y John se olvidó por completo de sus preocupaciones.

Al día siguiente no se encontraba mejor. Pero no hizo falta que llamara al trabajo para avisar, le llamaron ellos avisándole que le habían despedido. Habían encontrado pruebas de malversación de fondos en la empresa, y todo apuntaba a que él era el culpable. A partir de ahora Mike ocuparía su cargo.

No supo nada de él en todo el día, pero cuando le llamó al día siguiente le dijo que había estado muy ocupado con todos los problemas que habían surgido. Le invitó a pasar unos días en las afueras, así podría descansar y olvidarse de todo durante un tiempo. John empacó sus pertenencias y esperó a que Mike le pasara a buscar en su coche.

La habitación donde dormía tenía una sola ventana que daba a un patio interior. No tenía grandes vistas pero al menos podía descansar. John sonrió al ver el extraño proyector que tanto lo había asustado justo encima de su cama. Pero luego Mike se lo llevó a la cocina y se olvidó completamente del tema.

Lo pasaron bien, al menos durante ese primer día, pero John cada vez estaba más preocupado, había perdido cinco quilos más y su tez era más blanca que el papel.

Siguió con Mike dos meses más hasta que un buen día se olvidó de levantarse. Se olvidó de que alguien en algún momento le había puesto un nombre. Se olvidó de que existía.

Y ese mismo día, Mike llegó de trabajar, se sirvió una copa de whisky de malta, acabó las últimas líneas de su libro favorito y llamó a su pareja. Se lavó la cara fuertemente con agua y jabón y cuando dejó de frotarse sonrió. Su tez era oscura, azabache y su pelo oscuro y generoso. Había ganado en altura y musculatura.

Se dirigió a la habitación donde John se había quedado dormido la noche anterior y tras apartar el cubrecama descubrió que John ya no era John. En su lugar había un pañuelo de papel. Lo agarró suavemente y se dirigió al despacho. Y tras sentarse en su butaca y mirar lo que en otro momento había sido John, estornudó, utilizó el pañuelo de papel y tras arrugarlo lo lanzó a la papelera.

Espero que lo hayáis disfrutado y sobretodo que jamás os encontréis un Mike en vuestras vidas.

Carles.

Fundido a negro

[Castellano]

Aquí os dejo el primer cuento corto, titulado, “Fundido a negro”. Lo he traducido del catalán, espero que os guste y que no se haya perdido el sentido que tenía en el original.

Fundido a negro

Estaba sentado en la terraza mirándose socarronamente aquella mujer. Su piel tenía un tono rosado que lo hipnotizaba. Tenía los cabellos rojos y ondulados como el fuego. Facciones dulces y unos labios que pedían a gritos una caricia. Un rostro casi perfecto, que culminaba con esa mirada. Él se decidió justo cuando ella se levantaba. Por un momento pensó que era demasiado tarde, que ella ya se iba hacia su destino, lejos de su vida. Pero no fue así. Y esa chica de ojos azules increíblemente grandes y absorbentes se sentó con una sonrisa junto a él.

- Espero que no te importe que me siente. Me llamo Fátima.

- No no, claro que no. Yo soy Javier.

***

No había forma humana de resistirse a la tentación de levantarse y sentarse junto a aquel hombre. Tenía una mirada misteriosa y tentadora a la vez. Llevaba una americana una talla más grande pero que conjuntaba con el aire de bohemio con piel de directivo que emanaba. Iba bien afeitado, seguramente estaba a punto de entrar a trabajar. Entonces no le quedaba demasiado tiempo. Se levantó y se dirigió hacia él. Parecía como si él hubiese estado a punto de hacer lo mismo. Fátima sonrió, no tan sólo por compensar la mirada de sorpresa que él le ofrecía. Sonreía por haber sido ella la que se había levantado antes que él.

- Espero que no te importe que me siente. Me llamo Fátima.

- No no, claro que no. Yo soy Javier.

Fundido a negro.

Parecían dos adolescentes jugando al juego del amor. Estaban sentados en la misma terraza desde hacía horas. Mariposas en el estómago. Ya no necesitaban iniciar ningún tema de conversación, estaban en aquel rincón privado donde sólo mirándose ya se empezaban a conocer.

Fátima no sabía cuándo podría durar esa situación, pero no quería que se acabara nunca.

Fundido a negro.

El rugido del motor paró.

- ¿Javier, te gusta la velocidad?

- Siempre y cuando seas tú la que conduzca no tengo problema.

La cama no protestó cuando aquellos dos cuerpos se lanzaron encima. Ni tampoco protestó cuando horas después Fátima se levantó para ir a buscar un cigarrillo.

- ¿Sabes que es la primera vez que hago algo así? No te había visto jamás pero te conozco de siempre.

- Yo tampoco había necesitado jamás nada tanto como darte aquel beso en la terraza.

Fundido a negro.

Parecía mentira que ella se vistiera de blanco. Siempre había pensado que no se casaría, que la vida moderna podría permitir vivir en pareja sin la necesidad de tener un papel que confirmara que quería a aquel hombre. Pero haberlo conocido había sido lo mejor que le había ocurrido en la vida. Había descubierto el amor.

***

Javier temblaba de nervios. No sabía a ciencia cierta porqué pero estaban casándose junto a una casita cerca de Castelldefels, justo donde él había pasado aquellos veranos durante su infancia. Era como un sueño hecho realidad.

Fundido a negro.

Su hijo Juan se iba hacia la universidad mientras ella sonreía. Habían sido felices durante cerca de 22 años y la felicidad no se evaporaba. El caso de él no era distinto.

La radio estaba encendida y La Vie en Rose d’Edith Piaf sonaba. Era su canción. Él entró sonriendo y la alzó con sus brazos. Le dio uno de esos besos que hacían que la tierra temblara y se pusieron a bailar.

Fundido a negro.

Javier iba repasando una a una las fotografías de los marcos del pasillo. Muchas de ellas ya ni las recordaba, pero tenía la certeza que ocurrieron hacía ya muchísimo tiempo. Sonriendo cogió el periódico y se sentó en su butaca.

Fátima estaba lavándose los dientes. Una vez quedaron bien limpias sonrió delante del espejo y confirmó que estaban brillantes. Demasiado brillantes para la edad que tenía. Ya había hecho los 78 años y no tenía ni una sola arruga. De hecho todavía tenía el pelo del mismo color que cuando conoció a Javier.

Alguna cosa no iba bien. Tendría que haber envejecido en todo ese tiempo… Fátima, por primera vez en 50 años se preocupó, y de golpe, abrió los ojos.

Fundido a blanco.

Javier hojeó las páginas del periódico y decidió pasar a las páginas de la programación. A lo mejor hoy daban una de esas películas antiguas de intelectuales que tanto le gustaban. Miró el día en la cabecera… Lunes 27 de mayo del 2009. El mismo día que había conocido a su mujer. Alguna cosa no iba bien. Miró hacia el reloj y de golpe se cayó de la butaca.

Fundido a blanco.

Después de abrir los ojos, Javier empezó a sentir aquel sentimiento de pérdida. Y volvió a ducharse como cada lunes para ir a trabajar. No era habitual en él, pero ese día no iba muy bien de tiempo, así que se tomó un zumo y pensó que ya desayunaría de camino hacia el trabajo. No podía creer que todo había sido un sueño.

***

Comenzaba a estar convencida que su subconsciente estaba jugando con ella. Estaba mostrándole sólo lo que ella deseaba. Hacía meses que había olvidad lo que era observar la belleza de un hombre. Su cabeza le estaba transmitiendo una idea bien clara, espabílate. Y ahora quería ser fiel a su sueño, a sus objetivos. Se duchó y se fue como una bala directa al bar a desayunar. Para variar ya llegaba tarde.

***

Javier ya empezaba a impacientarse, su bocadillo no llegaba y parecía que el camarero estaba tostando los granos de café, porque hacía más de media hora que lo había pedido. De golpe alguien se sentó en la silla junto a él. Y bajando el periódico pudo ver aquella mirada que lo había perturbado durante toda una vida y una noche.

- Espero que no te importe que me siente. Me llamo Fátima.

- Hola Fátima, yo soy Javier.

Fundido a blanco.


Espero que hayáis disfrutado tanto como yo escribiéndolo.

Carles.