Hacia la luz (III)

Hacia la luz (III)

Hacia la luz (III)

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Hacia la luz

(Parte 3)

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Laura

Las lágrimas resbalaban por mi mejilla. Esto no era lo que había planeado. No debería haberme sentido así.

Era como si la vida se me estuviera escapando mientras veía como Martín, completamente fuera de sí, acariciaba a otra mujer. Lo peor de todo es que sabía que lo estaba disfrutando, me lo decían su mirada y sus gemidos. Tenía la sensación de que estaba echando a perder todo lo que habíamos construido juntos. En ningún momento pensé que había sido yo el detonante de todo.

Y ellos también tenían la culpa. Nada de esto estaba escrito en el contrato.

Martín

Y en ningún lugar especial, con nadie especial, desperté. Cuando abrí los ojos no recordaba dónde había estado. De hecho, no sabía dónde me encontraba. Estaba completamente desubicado. Sentía mis neuronas atontadas.

Lo primero que noté fue que no estaba solo. Había alguien más en la cama. Me fijé en el papel de pared que recubría la estancia, parecía sacado de una película de los años 60.

No había visto en mi vida la mujer que tenía al lado. Supongo que es la típica excusa de más de algún proxeneta, pero en mi caso era real. Me levanté y me di cuenta que no estaba en una habitación de hotel. Seguramente sería el apartamento de la desconocida.

Mi cabeza ardía, me dirigí a la cocina y me serví un poco de café. Cuando acabé con la segunda taza y empecé a sentirme algo mejor, aproveché para dirigirme a la ducha. En el dormitorio todavía no se oía ni un solo ruido.

Cuando estuve vestido me acerqué a la cama y vi que mi acompañante seguía dormida.

Hacía unos quince días que había llegado a Caracas, Venezuela. Era el último de los viajes previstos ya que el tiempo establecido llegaba a su fin.

Salí del piso e intenté ubicarme. No recordaba nada de lo ocurrido en estos últimos días. Miré los edificios a mi alrededor, una mezcla de casas modernas y antiguas. En la calle en la que me encontraba habían muchos restaurantes, y si los datos de mi guía no fallaban, no podía ser otro que el barrio de La Candelaria.

Me dirigí al restaurante más cercano y pedí una cerveza y unas arepas para picar alguna cosa.

Realmente había perdido la noción del tiempo. Había estado viajando todos estos meses y el final estaba cerca. Parecía como si hubieran venido a buscarme y yo me hubiera escapado. Pero sólo hay una persecución que no puedes ganar, la carrera contra la muerte.

Tomé un sorbo de mi cerveza y sentí que mi cabeza empezaba a dar vueltas. Me desmayé.

***

Desperté en un hospital. A mi lado estaba mi doctor con una sonrisa. Sabía todo lo que eso significaba, había vuelto a casa y mi vida pendía de un hilo. El doctor tocó algo del cuentagotas lleno de morfina y volví a quedarme dormido.

Cuando abrí los ojos estaba estirado en una camilla, con varios médicos alrededor. Me llevaban rápidamente al lugar donde en principio entraría y no volvería a salir. Sólo podía ver las luces del techo correr una tras una, como si fuera una cuenta atrás.

Se abrieron las puertas del quirófano y cerré los ojos. Al principio vi oscuridad, pero creí vislumbrar una luz, más radiante que cualquier otra que hubiese visto. Parecía que quería que me acercara. Me llamaba una y otra vez. Conocía mi nombre.

Me dejé llevar, me dirigí hacia la luz y abrí los ojos. Pero en vez de la paz que esperaba encontrar, una multitud gritó mi nombre.

A mi alrededor habían varias camillas ocupadas con diferentes personas igual de desconcertadas que yo.

Una voz profunda dijo: “El ganador de Sonríe es…” Entonces ésa luz me iluminó y, por segunda vez en menos de un año, sentí como algo se rompía. Todo lo que había realizado en esos últimos meses de agonía pasó delante de mis ojos, literalmente. Una pantalla de setenta pulgadas estaba mostrando al público como había destrozado mi vida desde que mi mujer me dejó.

Pero seguía desconcertado. Empecé a digerir todo lo que eso significaba.

A mi alrededor varias personas se levantaron de sus camillas y se fueron. Algunos seguían intentando entender qué ocurría mientras que otros simplemente lloraban desconsolados.

Aún a día de hoy sigo asimilando todo lo que ocurrió.

Laura me mintió. El médico estaba contratado. Después me enteré de que se habían realizado quejas y denuncias, pero el programa de televisión siguió adelante. Los medidores de audiencia jamás habían experimentado un nivel tan elevado y constante de espectadores. Me drogaron, prostituyeron mi vida e hicieron que todo el mundo lo viera. Me utilizaron como espectáculo. Laura creyó que sería una buena forma de pagar la hipoteca pero no he vuelto a saber de ella desde entonces. Pero mirando a los ojos de la gente que estaba en el plató, entendí que el médico no estaba tan equivocado.

Tras esos seis meses algo había muerto en nosotros. Nuestra humanidad estaba agonizando.

Fin

Espero que os haya gustado el cuento y que lo hayáis disfrutado.

Saludos,

Carles Rubio Arias.

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3 Respuestas a Hacia la luz (III)

  1. Jess dijo:

    Para mi gusto te digo… que felicidades! de verdad, leyéndolo en un todo esta currado. Este último tramo de la historia ha hecho que incluso pudiese visualizar la escena dentro de mi cabeza, porque está muy lograda las descripciones que hace el protagonista, puedes sentirte como él.
    Un pero… creo que está cerrado muy rápido, creo seguramente me equivoque, podrías haberlo aguantado un poco más para no dar una posible sensación de “a corre-ciuta”, no se si me explico…. ! Pero titi, muy bien! Un besazo enorme! Y sigue currándotelo como hasta ahora o más! Muak

    Jess

  2. Carles dijo:

    ¡¡¡Muchísimas gracias guapísima!!! Y tienes toda la razón, lo quería alargar un poquito más, pero temía que el impacto final estuviera demasiado diluido. A ver si para el siguiente me ajusto mejor 😛

    Muchos besitos y a ver si nos tomamos un café algún día, que Dani ya no nos quiere y no nos junta 😛

  3. Uxas dijo:

    Boníssim el final. I realment sorprenent. Però coincideixo amb la Jess, habría causat més expectació haber-lo tencat una mica més tard i allargat la història. Però igualment, m’ha encantat.

    Una abraçada,
    Jordi

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